El Brexit o la historia de un tory estúpido, un laborista traidor y un fascista engreído

 

Felipe González firmó ayer en El País un artículo que comienza así: “David Cameron pasará a la historia como el político irresponsable que puso en juego el interés general de Gran Bretaña y de Europa para resolver un problema personal y de partido”.

Le ha faltado añadir que esas palabras describen igualmente lo que él mismo hizo hace 30 años cuando convocó aquel insensato referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN. Como no soy sospechoso en lo que se refiere a la figura política de Felipe González y además contribuí a aquel disparate, me parece de justicia reconocer que no es tan infrecuente que los gobernantes caigan en esa tentación de poner en juego algo muy grande con motivaciones muy pequeñas.

No seré yo quien disminuya la gigantesca culpa de Cameron en lo que ha pasado. Ese referéndum jamás debió celebrarse, y su convocatoria pesará sobre su conciencia durante el resto de su vida. Un dirigente corto de vista e infundadamente pagado de sí mismo ha metido a su país, a Europa y al mundo entero en un lío de proporciones colosales y ha comprometido el futuro de varias generaciones de británicos. No habrá juicio histórico suficientemente duro para juzgar el comportamiento de este mequetefre. Lo que me parece increíble es que tenga el morro de quedarse en su puesto hasta octubre en lugar de esconderse en su casa y no salir de ella en mucho tiempo.

El referéndum no sólo era un despropósito por el contenido sino, muy especialmente, por la ocasión. Cuando Europa entera es asolada por un vendaval político de populismos y nacionalismos rampantes; cuando la Unión Europea vive su momento de mayor debilidad política y desprestigio social tras haber equivocado por completo la respuesta frente a la crisis; cuando el temor de los europeos de origen ante la llegada de millones de inmigrantes y refugiados está en su punto de máxima ebullición; y cuando se abren en Europa varias líneas de fractura (entre el norte y el sur, entre el este y el oeste, entre países deudores y acreedores, entre europeístas y eurófobos); justamente este le ha parecido a Cameron un buen momento para poner a prueba la siempre dudosa fe europeísta de los británicos.

El tradicional orgullo nacionalista inglés (que no británico), la rabia de una clase media castigada por la crisis y el pánico de la clase obrera ante la invasión de inmigrantes que vienen a disputarles el empleo y los mecanismos de protección social sólo necesitaban una ocasión para mezclarse en una causa común, hacer reacción y causar un estropicio histórico. El tory que en mala hora ocupó el nº 10 de Downing Street puso en bandeja esa oportunidad.

Pero me duele más aún la negligencia culpable y dolosa de los dirigentes del Labour Party, empezando por su líder, Jeremy Corbyn. Cuando lo eligieron, muchos, dentro y fuera del Reino Unido, pensamos que los laboristas se autocondenaban a una larga temporada en la oposición. Ha sido aún peor: este resultado no se comprende sin la pasividad oportunista de la izquierda británica –representada por el Labour Party y por las Trade Unions-, por una parte engolosinada por la probable derrota de su rival político y por otra acobardada ante la pulsión xenófoba de sus propias bases.

También hay entre nosotros antecedentes de estos comportamientos. En el citado referéndum de la OTAN, Fraga pidió la abstención en lugar de ser consecuente con sus convicciones atlantistas. El 12 de mayo de 2010, en un instante de máxima emergencia económica para España, Rajoy no dudó en poner al país al borde del precipicio con tal de ver a Zapatero rodando por el suelo. Fue un sarcasmo –y una vergüenza para la derecha española- que aquella catástrofe tuvieran que evitarla los nacionalistas catalanes. La ambición de derrotar al adversario político es legítima, pero tiene un límite que debería ser infranqueable.

Así como los tories siempre han sido euroescépticos, el Labour es el partido que más y mejor ha defendido la causa del europeísmo en Gran Bretaña. Pero el Brexit ha triunfado por la desmovilización de las bases laboristas y por el voto masivo a favor del Leave en las zonas de mayor concentración industrial y obrera (excepto Escocia). Si los dirigentes de ese partido hubieran cumplido con su obligación, hoy estaríamos celebrando la permanencia del Reino Unido en Europa. Ya habría ocasión de ajustarle las cuentas al estúpido y presumido tory que jugó con fuego, pero lo primero debe ser siempre lo primero.

No nos extrañemos de que la socialdemocracia europea esté muriéndose. Con las cosas que hace y con las que debería hacer y no sabe desde que empezó el siglo, lo tiene muy merecido. Los partidos socialdemócratas y los sindicatos no sólo han devenido inútiles como instrumentos para frenar al populismo reaccionario y al nacionalismo antieuropeo; sus bases electorales y militantes son el principal granero social del que se están nutriendo esas dos calamidades.

En Gran Bretaña, el Brexit  ha sido posible por el voto de la clase obrera industrial inglesa. El UKIP se alimenta de ese voto. Además, los separatistas escoceses han barrido del mapa al partido laborista, que siempre fue hegemónico en ese territorio. Neofascistas y nacionalistas se comen por los pies al viejo partido de los trabajadores.

En Francia, una parte sustancial del electorado de Le Pen se compone de antiguos votantes socialistas y comunistas: asustados y desengañados por la inutilidad de sus antiguos partidos de referencia, han asumido el discurso de la ultraderecha xenófoba.

Lo mismo está sucediendo en los países del norte de Europa, que tuvieron partidos de masas de corte socialdemócrata y grandes sindicatos que se desangran mientras sus bases sociales alimentan el crecimiento de los nuevos partidos de la extrema derecha.

Y en el sur de Europa, también los populismos pretendidamente izquierdistas de Beppe Grillo en Italia, de Syriza en Grecia y de Podemos en España se expanden gracias a la incompetencia y a la cobardía de los partidos de la izquierda clásica, que se dejan devorar sin hacerles frente -y a veces hasta procuran imitarlos para ver si así les perdonan la vida.

Ya sé que la historia no está condenada a repetirse, pero en estos días no logro desprenderme del recuerdo de que los fascismos europeos de los años 30 del siglo pasado fueron propulsados por el malestar de las clases medias trabajadoras tras una recesión económica global causada por la codicia de los poderes financieros y por la incuria de los gobiernos democráticos de la época.

Con todo, al final siempre aparece el factor humano. Hay muchas explicaciones estructurales, todas válidas e importantes. Pero lo del jueves en Gran Bretaña no hubiera pasado si no hubieran coincidido un imbécil tory llamado Cameron, un laborista traidor, desorientado en el tiempo y en el espacio, llamado Corbyn, y un fascista engreído y embustero llamado Farage.

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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Una respuesta a El Brexit o la historia de un tory estúpido, un laborista traidor y un fascista engreído

  1. horacio dijo:

    una buena explicacion necesaria

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