Campañas atolondradas

 

Campañas atolondradas

A Joaquín Leguina le gusta citar unos versos del poeta austríaco Erich Fried:

Ocupado en combatir a mi enemigo principal,
me dio muerte por la espalda mi enemigo secundario
.

Esto ocurre frecuentemente en la vida y en la guerra, y constantemente en la política. Nadie está libre de accidentes semejantes, es un riesgo que acompaña a la gestión de la complejidad estratégica. Pero cuando se planifican operaciones tan multidimensionales como una campaña electoral, lo mínimo que se puede exigir –se supone que hablamos de profesionales avezados- es que se sepa quién es el adversario principal, quiénes los secundarios y cómo hacer frente a cada uno de ellos.

A la campaña del PSOE ni siquiera puede serle aplicable el verso de Fried, porque nunca han sabido quién era y dónde estaba su enemigo principal. Les tocó inmerecidamente el gordo de la lotería en las elecciones del 24 de mayo y desde entonces todo lo que han hecho ha sido pegar bandazos y lanzar desordenados golpes al aire. Es la llamada “campaña Toschack”, aquel entrenador galés que se quejaba en célebre ocasión de que sus jugadores se habían pasado el partido “corriendo como pollos sin cabeza”.

Limitemos el análisis a lo sucedido desde el mes de septiembre. Comenzaron identificando como enemigo principal (en realidad, como enemigo único) al PP, ignorando olímpicamente a Podemos y a Ciudadanos como si no estuvieran sobre el campo. La lectura de la “guía de campaña” del PSOE, redactada en aquellos días, impresiona por su ceguera: un planteamiento 100% bipartidista a la vieja usanza, ni una mención a los nuevos competidores: podría haber sido escrita hace cuatro u ocho años.

Pasadas unas semanas, Pedro Sánchez declaró solemnemente que Podemos había quedado definitivamente fuera de la carrera. Y les embargó la preocupación por el ascenso meteórico de Ciudadanos, que, tras haberse merendado a UPyD y haberle quitado cerca de tres millones de votos al PP, amenazaba con seguir el festín penetrando en el siempre frágil espacio del PSOE. Así que se reorientaron los objetivos y el partido de Rivera pasó a ser el nuevo “enemigo principal”. Fue entonces cuando nació el discurso aquel de “las dos derechas”.

Pero he aquí que en la fase final Pablo Iglesias y los suyos resucitaron e hicieron recordar a los de Sánchez otro verso célebre:

Los muertos que vos matáis
gozan de buena salud

Y el PSOE termina la campaña descubriendo a última hora que el enemigo principal, el que amenaza con darle el sorpasso y quedarse con el título de líder de la oposición, es el mismo Pablo Iglesias al que hace sólo un mes habían enterrado prematuramente. Y de ahí sus crispadas exigencias de que salga del armario ideológico (“¡Confiesa que eres un comunista!”) o las apocalípticas advertencias del patriarca de la tribu, Felipe González, sobre el peligro de caer en la taimadas redes de “los falsos revolucionarios”.

Y para completar el cuadro, muchos piensan que el Voldemort que quita el sueño a Pedro Sánchez no es ninguno de sus rivales electorales, sino una mujer poderosa de marcado acento sevillano. Pero esta es otra película que comenzará a rodarse el lunes por la mañana.

De esta confusión inicial sobre los adversarios nacen todos los vaivenes de la campaña socialista:

Sánchez empezó subiéndose jovialmente a la pasarela de la nueva política para competir en esta edición de Operación Triunfo con Iglesias y Rivera; y ha terminado a garrotazos con Rajoy en una de las  escenificaciones más sórdidas de la vieja política.

Comenzó su trayectoria con un brote de adanismo político, abominando de sus antepasados y anunciando con trompetas el nacimiento del “psoe-de-pedro-sánchez”; y ha terminado esta campaña aferrado a las faldas de González, Zapatero y Rubalcaba y apelando, desesperado, a la memoria histórica de los socialistas de toda la vida como último recurso para evitar el naufragio.

Inició la precampaña presentando un rutilante equipo de innovadores asesores independientes para construir un nuevo proyecto, nada que ver con los dinosaurios del viejo aparato partidario; se han evaporado igual que aparecieron, no se ha vuelto a saber de ellos. Termina repitiendo los papeles que le dejó Rubalcaba, defendiendo como un león los logros de los gobiernos de Zapatero y de González y suplicando la compañía de todos ellos en los mítines.

Empezó hablando su propia investidura presidencial y termina anatemizando la de los demás. El tema ya no es con qué votos pretende él pedir la confianza del Congreso, sino con qué votos lo hará Rajoy.

Una campaña electoral es como una superproducción cinematográfica: necesitas un gran estudio que la produzca (el partido), un director que tome las decisiones (el jefe de campaña), una estrella que llene los cines (el candidato), un buen elenco de actores secundarios (los demás dirigentes y candidatos) uno o varios productores ejecutivos que aseguren que todo el tinglado funcione y un ejército de cámaras, fotógrafos, iluminadores, técnicos de sonido, diseñadores de vestuario etc. (el equipo de campaña). Pero todo eso no sirve de nada si no hay una historia que contar: un guión. Sin guión no hay película. Si te tienes que inventar el plan cada mañana en función de la última encuesta o del titular del periódico del día, tienes actividades de campaña pero no tienes campaña. Eso es exactamente lo que le ha pasado al PSOE.

El caso de Ciudadanos es igualmente desdichado, pero distinto. El partido de Rivera si tenía un guión, pero ha resultado ser el guión equivocado. Confió en que la inercia de la ola favorable le llevaría hasta la orilla sin arriesgar nada: justo lo contrario de de lo que se espera de un partido emergente el 100% de cuyos votos (de momento, sólo intenciones de voto) son prestados y que, precisamente por eso, está obligado a mostrar arrojo. Y además, porque se ha dejado atrapar en el diabólico laberinto de las alianzas. Primero, anunciando que no apoyará a nadie salvo a sí mismo, decepcionando así a los centristas que lo veían como un elemento a la vez renovador y estabilizador; después permitiendo que Rajoy agitara el fantasma del “pacto de perdedores”, lo que ha inoculado la sospecha en los votantes procedentes del PP. Y en el último momento, confirmando –para espanto de los procedentes del PSOE- que no moverá un dedo para impedir que gobierne Rajoy.

Y el PP también tenía un guión y lo ha ejecutado con profesionalidad, pero con el enorme hándicap de un candidato tóxico y de su lamentable gestión de los debates.

En realidad, PP y PSOE comparten en estas elecciones un serio problema con sus liderazgos respectivos. En un confesionario donde nadie los escuchara, todos los dirigentes del PP admitirían que con otro candidato que no fuera Rajoy estarían mejor de lo que están y tendrían el ansiado 30% -o quizá más- al alcance de la mano. Y en ese mismo confesionario, la inmensa mayoría de los dirigentes socialistas reconocerían que Pedro Sánchez ha sido un error. Dos líderes que, por motivos distintos, no son creídos ni queridos por los suyos: el fino olfato ciudadano siempre huele estas cosas.

He dicho muchas veces que no es lo mismo ganar la campaña que ganar las elecciones. En esta ocasión, el que ha ganado la campaña de largo –Podemos- probablemente no ganará las elecciones, aunque tendrá una suculenta recompensa. Y en cuanto a los otros tres, lo bueno que obtengan en las urnas no será precisamente por el acierto de sus campañas atolondradas.

 

 

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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