Ya está aquí el choque de trenes: Cataluña en España. Por Luis Martín de Dios.

Lo que van a leer a continuación no lo he escrito yo. Es una reflexión y a la vez una queja conmovedora de Luis Martín de Dios: sociólogo, pensador, humanista en el mejor sentido de la palabra y una de las mentes más profundas y lúcidas que he conocido en mi vida. Un madrileño que habita tanto en Madrid como en Barcelona y que en este texto escribe lo que piensa y lo que siente en estos días trágicos para la convivencia.

YA ESTÁ AQUÍ EL CHOQUE DE TRENES: CATALUÑA EN ESPAÑA

Durante meses, en todos los ámbitos de la política española se venía repitiendo hasta la saciedad que había que evitar a todo trance el choque de trenes; pues bien, a mi juicio, hoy el choque de trenes ya se ha producido. Como madrileño residente a temporadas en Barcelona, desde donde escribo, contemplo entre asombrado, escéptico y muy cabreado todo lo que se va sucediendo y me pregunto, no sin creciente temor, qué nos espera durante los próximos meses y semanas.

Y entiendo que se ha producido el maldito choque institucional porque el Gobierno, como no podía esperarse menos de cualquier gobierno de cualquier color, obligado a la defensa del Estado, le ha hecho ver al President de la Generalitat y a todos los que le siguen –que ciertamente son muchos- que ni un paso más en la dirección emprendida y que no se puede dedicar por más tiempo ni con mayor insistencia a pilotar –gobernar- lo que no es legalmente objeto de su gobernanza.

Es muy sencillo, señor Mas: usted no ha sido elegido por los ciudadanos españoles –en este caso catalanes- para decidir sobre su futuro colectivo –el de los ciudadanos- como parte o no de España; nadie le ha dado vela en este entierro. Dedíquese a gobernar la sanidad, la educación, los servicios públicos y no sus ridículas oficinas en el Exterior (¡Qué bochorno!), dedíquese a gobernar lo que es constitucionalmente objeto de su gestión y deje de una vez por todas de sacar los pies del plato y de proclamarse cabeza de un clamor ciudadano independentista que en absoluto le ha elegido a usted como líder del movimiento en cuestión.

Usted, lo quiera o no, forma parte del Estado español y sólo de su pertenencia a él cobra  su legitimidad política y jurídica. ¡Deje de morder la mano que le da de comer! ¿Pero quién se ha creído que es? Deje de sacar pecho, deje su ridículo papel de hombre bajito -siempre de puntillas- y ceda el liderazgo independentista a quienes con más acierto y decisión han sostenido vivo y encendido el objetivo político real, la independencia de Cataluña. La ley española –o la catalana- no le avala para ese liderazgo y su cinismo al autoirrogárselo oscila entre lo ridículo, lo patético y lo trágico.  ¡Quítese de en medio, señor Más, deje de estorbar a unos y otros! ¿Es que no se da cuenta verdaderamente de que para el Gobierno de Madrid –y para muchísimos españoles- es usted un moscón zumbón y molesto –ya sabe, una mosca interinquinal- y de que para los catalanes –tanto más si más independentistas-, lejos de ser usted la solución es justamente el estorbo, el lastre, el problema, el tonto útil en el mejor de los casos?

Nada tengo contra usted como persona, créame, ni mucho menos contra el cargo que ostenta como muy honorable President de la Generalitat catalana; y no soy yo quién para ejercer críticas contra la cabeza democrática de una institución que respeto y cuya afrenta yo mismo no toleraría. No. Es contra su figura política, señor Mas, que, como cualquier otra, puede, debe y tiene que ser objeto de crítica. Y esta es la mía: con pretender ser David, corre Vd. el riesgo de dar en Pulgarcito, un pulgarcito dispendioso, explosivo y pertinaz, eso sí, pero autor eficaz de la total trituración del sistema de partidos en Cataluña; en este punto no hago sino sumarme a las muy sensatas –y más que sensatas- opiniones de Javier García Fernández en su reflexión publicada en El País  (http://t.co/LKOgzrkDGy- La agenda política del 10 de noviembr ).

No. No. El choque de trenes ni siquiera lo ha producido usted, sino el verdadero líder natural del independentismo catalán, el señor Oriol Junqueras, que no hace de la independencia un uso puramente tacticista, como lo hace usted mal que le pese, sino un lícito uso estratégico. Mire, señor Mas, la cosa está muy seria, el lío es muy gordo; se lo ruego: deje de estorbar y de andar por en medio con sus pacatas ideas de legalidad democrática a su medida y su anunciada astucia, que más parece provinciana zorrería. Usted no ha producido el choque de trenes porque carece de relevancia política y de capacidad de liderazgo para producirlo.

El choque de trenes lo han producido, lo están produciendo, el señor Rajoy y el señor Junqueras, el Gobierno de la Nación y la tradición política del independentismo catalán representada desde hace mucho tiempo por Esquerra Republicana de Catalunya. Eso es coherente, es real y políticamente pertinente, y además se entiende; la izquierda que duda (Iniciativa) o se le adhiere (CUP) son sólo compañeros de viaje que de forma bobalicona o interesada -¡quién sabe!-, pero de forma siempre ingenua, no parecen quererse enterar y asumir que el nacionalismo es, por definición y por tradición, de derechas; y que, cuando la izquierda muta en nacionalismo, se transforma en stalinismo o en nazismo o en cesarismo musoliniano o franquista, o sea en derecha.

Dicho más claramente: porque Esquerra es con coherencia un partido independentista (nacionalista), no es un partido de izquierda por mucho que lo proclame sus nombre. Esquerra se apoya en la tradición pequeñoburguesa y para nada en la defensa de los intereses de clase, que es lo que en última instancia y desde siempre caracteriza a la izquierda. Pero que Esquerra carezca de un tuétano izquierdista en absoluto quiere decir que hasta la fecha sea un partido fascista carente de sustancia democrática, por mucho que las manifestaciones masivas maquinalmente uniformadas de amarillo (como las camisas pardas, las azules, las negras, todas de tan triste memoria) despidan un tufillo inquietante y sospechoso.

Hablemos claro: Esquerra quiere, con toda legitimidad, la independencia de Cataluña; y yo, madrileño, español y de izquierdas, con idéntica legitimidad, no la quiero. Pero ellos y yo coincidimos en algo sustancial: ambos amamos Cataluña, fuera de España (ellos) o dentro de España (yo), pero ambos la amamos y no consiento que, por quererla yo dentro de España, se piense que mi amor es menor que el de los que la quieren fuera ¿Estamos?

Y ese sentimiento mío es, no se olvide, el de al menos esa mitad de la población catalana que, por acción u omisión, como yo, tampoco quiere un Cataluña fuera de España y con ello una España dolorosamente amputada. La mitad de los catalanes se entusiasma –están en su derecho y su entusiasmo es envidiable- y la otra mitad sufre, teme.

¿Se entiende en el resto de España el drama al que estamos asistiendo, el de la fractura de esta sociedad en dos actitudes tajantemente opuestas? ¿Estamos siendo los españoles de verdad solidarios con esos catalanes que, por una u otras razones, no se suman a la marea independentista? ¿No les estamos dejando solos? ¿Qué motivos racionales y qué argumentos sentimentales les estamos ofreciendo para que deseen de verdad seguir siendo españoles?

A unos –con el señor Junqueras a la cabeza- les conduce la esperanza y el entusiasmo; y a los otros ¡Ay! sólo el temor y la soledad. Alegría frente a tristeza, he ahí el drama catalán. ¿Pero sólo catalán o de España en su conjunto? Por que ¿qué me ofrecen a mi la España y la Europa de hoy para desear seguir siendo español y europeo? Bien mirado, y a fuer de sincero, a lo mejor yo también quiero separarme, yo también quiero el entusiasmo, la esperanza y la alegría, yo también quiero dejar atrás ¡como sea! la desesperanza que nos posee. ¿Traduce el Gobierno de la Nación ese sentimiento compartido de dolor y temor de los catalanes no independentistas o se dedica simplemente a defender el Estado, como, por otra parte, es su obligación? A los tristes les brinda amparo, es verdad, pero sin esperanza, para seguir como hasta ahora.

Señor Junqueras, por favor, entienda usted que yo también tengo sentimientos hacia Cataluña y, al menos en mi caso, profundos, de largo recorrido en mi vida y de muy extenso alcance. Usted quiere la independencia ¿verdad? Pues bien, yo no la quiero. En esas estamos ¿verdad? No me venga con anestesias y pretextos bobos o cínicos de pretendida normalidad democrática. No hay un solo país en el mundo al que se le pueda pedir la amputación sin dolor, sin protesta, sin resistencia. No hay un solo país en el mundo que pueda prever legalmente que una parte de su población, por las buenas, pretenda decidir “democráticamente” su secesión. No lo hay y usted lo sabe.

Esquerra no pretende transformar las relaciones de clase, sino obtener un régimen político simplemente homologable por el resto de Europa (que, bien mirada, de ser una esperanza, un proyecto y una utopía, se ha convertido en un chato y casposo mal menor –al menos no hay guerras europeas- controlado por una burocracia internacional torpe cuando menos).

Porque, claro, esto es lo que hay que entender: ni el Gobierno del PP ni la Burocracia Comunitaria, controlada por la derecha, son capaces de ofrecernos una idea de futuro, una promesa de salvación, una utopía, un proyecto, una ilusión. Esquerra Republicana, sí, la ofrece. Miren, ¿saben lo qué les digo? paren, que me apeo. Señor Junqueras, yo también quiero votar y separarme –independizarme- de tanta incuria y desesperanza. Yo también quisiera participar con usted de una independencia –aparente, sólo aparentemente- ilusionante. Los españoles debemos enterarnos de una vez: una parte de nosotros, una parte de Cataluña, tiene un sueño, acaricia un futuro, anhela, se moviliza. Yo no estoy de acuerdo –estoy en contra-, pero es bonito y a mi me da envidia. Es respetable. Una hermosa respetabilidad que el señor Mas diluye y enrarece con sus trapacerías.

El Sr. Junqueras, que no deja de crecer en las encuestas, no deja de repetir que su voluntad es pacífica, que quiere a los españoles -¡coño, si somos sus compatriotas!- y así esboza un futuro de entendimiento, fraternidad, convivencia y buena vecindad. Sospechosamente son muchas las cosas que el señor Junqueras espera que no cambien con la independencia, que sigan siendo igual: el Barcelona jugará en la liga española, las empresas catalanas conservarán sus pingües relaciones económicas con los mercados españoles, el castellano seguirá siendo lengua cooficial en Cataluña y así sucesivamente… pero Cataluña será otro país, un país ahora extranjero, formal, jurídica y políticamente extranjero, extraño. Casi nada.

El objetivo es plausible, pero las idílicas consecuencias asociadas a él son perfectamente ingenuas o cínicas. Inimaginables en cualquier caso. Y es que aquí tocamos fondo: los nacionalismos -¡todos!- son de derechas y toman como norte y punto de referencia lo que es distinto (la tierra, la cultura, los modos de vida) y no lo que es igual (la condición humana, las relaciones de clase, la pobreza y la riqueza).

Detrás de todo nacionalismo se agazapa la idea de que lo nuestro es distinto y, aún más, mejor. A Cataluña le sale cara España; es verdad. A Madrid, también. Y a California le sale caro Mississipi y no por eso quiere independizarse de la Unión.

A ver, señores de Esquerra, ustedes saben que en todos los países del mundo hay zonas más ricas y que pagan y zonas más pobres que reciben. Esa es la sustancia del Estado como pacto entre los hombres: corregir desigualdades, redistribuir los recursos, alejar así a la especie humana -¡avanzar en el vector de la hominización!- de las despiadadas y ciegas diferencias que la Naturaleza trata de imponer. Avanzar en la libertad es avanzar y vencer contra la ciega necesidad a la que la Naturaleza parece empeñada en obligarnos: comer o ser comido. Es una vieja noción de libertad alumbrada desde la izquierda que la derecha ha negado por sistema. Así que ustedes, señores de Esquerra, no se empeñen en lo contrario. Ustedes se atienen a un principio tan reaccionario o insolidario como el de la indignante Republica Padana. En fin, en una Cataluña hipotéticamente independiente nos encontraremos a la postre con que El Vallés se sentirá saqueado por, pongamos, La Plana de Vic y será razonable entonces que aquel se sienta expoliado por esta; la Vall d’Arán reclamará su independencia y el respeto de su lengua y sus tradiciones y así sucesivamente. ¿Dónde esta, pues, el límite, Sr. Junqueras?

La realidad histórica evidencia que estos asuntos de rupturas y separaciones territoriales se plantean casi siempre como emergencias revolucionarias, como fracturas casi siempre violentas del “status quo”; vamos, que normalmente se ventilan con las armas en la mano o no se ventilan en absoluto. ¿Es  consciente de ello, señor Junqueras? Mire, casos como el de Noruega o el de Eslovaquia son excepciones, no reglas. ¡Tenga la valentía de mirar a los Balcanes! Así que no me venga  con sus milongas democráticas y su voluntarismo pseudohumanitarista, porque los nacionalismos son justamente la negación de la noción misma de Humanidad, que no distingue, por definición, de fronteras, diferencias y separaciones. No me hable de “derecho a la autodeterminación”, no vaya a ser que La Seo d’Urgell o Tortosa se levanten mañana con apetencia de separarse y con el derecho a fundar un imperio al más puro estilo incaico. ¿Les va usted a reconocer, a su vez, el derecho a la autodeterminación en tal caso? ¿O , como político razonable, se va a oponer al despropósito? ¿Verdad que sí?

Sólo las guerras de liberación de los colonialismos -¡guerras sangrientas!- pudieron tener un marchamo de razón, de verdad y de lógica política ¿O es que sostiene usted que España es una potencia colonial que tiene invadida Cataluña cual Bélgica tuvo el Congo, por citar un ejemplo sonado? ¿Verdad que no? Así que, Sr. Junqueras, no le dé más vueltas y proclame de una vez: ¡ciudadanos, a las armas, la patria os llama! Aunque, claro, usted sabe muy bien que los ciudadanos no sienten jugarse tanto en el envite independentista como para poner en riesgo su paz y su prosperidad; no, por ahí no le van a seguir, porque no merece la pena arriesgar tanto por tan poco. Porque, a pesar de la despiadada crisis del sistema, en Cataluña hay prosperidad y paz. No hay más que darse una plácida vueltecita en un día de sol por la Rambla de Catalunya o tomarse un cafetito en Rius i Taulet un domingo por la mañana. Y es ese contexto de prosperidad y bienestar el que les permite a usted y a su partido juguetear frívolamente con las esperanzas de tantos nacionalistas de buena fe, porque están convencidos de que, en un tal contexto, la sangre nunca va a llegar al río. Perdone, señor Junqueras: la sangre sí que puede llegar al río y, si llegase, se descubriría que, sin querer –quiero creer que sin querer, porque es un hombre cabal y de buena fe-,  usted ha estado cargando las pistolas.

El choque de trenes se ha producido porque usted propala medidas bélicas que le descubren: no pagaremos la deuda catalana y España –el enemigo, dígalo clarito- irá a la quiebra. Esa es una declaración de guerra y la llamada a la desobediencia civil no es otra cosa que una estrafalaria propuesta de revolución sin pistolas. La verdad, se lo pone fácil al Sr. Rajoy en su consabida, pero imprescindible, defensa del Estado de derecho ¿Quién no actuaria como él, que, por otro lado, está haciendo gala de una prudencia y un tacto político exquisitos para contener la crisis sin que las aguas se salgan de su cauce? Y el caso, señor Junqueras, es que a usted le asisten razones, ya lo creo.

Aquí va a salir mi afecto y mi admiración por Cataluña; ya verá. Esos del otro lado que niegan a Cataluña su entidad como país, como nación, como patria o –sobre todo- como cultura, muchos de la derecha cerril, no se quieren dar cuenta –o simplemente se niegan a ello tozudamente- de la que es una evidencia histórica; son los que desearían que el catalanismo quedara en inocua expresión folklórica de juegos florales, sardanas y castellers (ya salió otra vez el Sr. Mas….), equiparable a las expresiones culturales de otros lugares de España.

Y no. No es eso. Cataluña es más, mucho más y hay que reconocerlo con honestidad y –en esto sí, no en la amputación- con alegría: ¡Mejor para todos, mejor para España! Y este es el problema verdaderamente: por mucho que se empeñen tirios y troyanos, Cataluña no es lo mismo que Madrid, que Extremadura, que León; y ya es hora de reconocerlo, proclamarlo y darle conformación jurídica.

Es verdad, señor Junqueras, Cataluña es España por accidente, porque el hijo de Fernando de Aragón y Germana de Foix falleció; de haber sobrevivido aquel niño, es razonable creer que hoy Cataluña no sería España. La españolidad de Cataluña es accidental; la de, pongamos, Asturias no lo es, como no lo es, por cierto, la del Pais Vasco. Bueno ¿Y qué? Es accidental, pero es; y es un accidente de hace tanto tiempo que la convivencia ha fraguado en esencial lo que hace tantos siglos fue sólo un accidente dinástico.

Cataluña es España por accidente, pero es España. Y es esto, creo yo, señor Junqueras,  en lo que tenemos que ponernos de acuerdo usted y yo, todos nosotros. Los españoles, pero todos, no sólo los de Cataluña, debemos ponernos de acuerdo en reconocer que Cataluña, con ser España, lo es de otra manera. Es exigible ese reconocimiento, ¿verdad que sí? Y es obvio que hay muchos en España que se niegan a él. Pues bien, hay que convencerlos, hay que ganarlos para esta causa; es en esa brecha donde hay que dar la batalla, es ese el objetivo político hacia el que usted y yo –un madrileño descendiente de castellanos viejos- debemos caminar juntos.

Ahora se habla de federalismo asimétrico como solución. Y digo yo, ¿para qué quieren La Gineta, Peñafiel, Reinosa e incluso Rentería ser territorios federales? ¿Es que el sentimiento autonómico ha calado en las conciencias de los españoles después de tantos años? Vaya a Toledo y pregunte a cualquiera si se siente de verdad castellano-manchego. No. Hay unas regiones históricas, como en toda Europa, y, como tales, ya han encontrado expresión suficiente en el Régimen actual. España, de hecho, es ya un estado casi federal o más que federal, al menos si se compara con una Alemania. Así que la expresión “federalismo asimétrico” elude el verdadero problema, pone el acento en lo federal –que es inane en la práctica- y debilita el segundo término, el verdaderamente importante: “asimétrico”. Porque asimétrico significa ni más ni menos que Cataluña y pare Vd. de contar.

Ese es el paso a dar y el objetivo político: hacer entender a todos los españoles que Cataluña es otra cosa distinta del resto y que como tal debe y tiene que quedar encajada en España. Cuál sea la expresión jurídica e institucional de la diferencia es algo que ahora se me –se nos- escapa, pero eso es lo que hay que debatir e imaginar. El mejor líder político será en España quien mejor sepa concretar y gestionar la diferencia catalana. De momento hay algo obvio y desolador: ni el prudente señor Rajoy ni el fotogénico señor Sánchez son los líderes llamados a una tal tarea; habrá de surgir quien sea capaz de hacer tragar de buen grado a los españoles, catalanes incluidos, separatistas también, esta píldora-milagro del mutuo cariño y la convivencia en común: Cataluña es España, pero es otra cosa además.

Por favor, Sr. Junqueras, ayúdeme. Mire que nos jugamos mucho en esto.

Luis J. Martín de Dios

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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2 respuestas a Ya está aquí el choque de trenes: Cataluña en España. Por Luis Martín de Dios.

  1. Carmelo Martínez dijo:

    Sí, de acuerdo con casi todo -con el artículo y con el comentario-, pero necesitado -necesitados todos- de una solución. Una solución distinta, claro, de la invasión militar (convertir Cataluña en el Ulster no es ciertamente una solución) y de la mera intervención de su autonomía por el Gobierno central, que tampoco lo es. Las leyes, y la justicia incluso, no siempre garantizan la eficacia.
    Mucho me temo que sólo existe ya una solución: Un referéndum de verdad. Injusto, pues se ceñiría sólo a Cataluña, pero eficaz. Un referéndum a la manera escocesa, donde ganará, creo, aquel que sepa poner sobre la mesa las consecuencias reales de una independencia. En la misma línea están personas más sabias que yo (léase, por ejemplo, el artículo al respecto de Javier Pérez Royo de hace dos semanas (http://politica.elpais.com/politica/2014/11/14/actualidad/1415990120_204065.html).
    Ya no hay otra solución. Todo lo demás nos lleva a la retórica, la melancolía, la irritación y, quizá lo peor, la más aburrida pérdida de tiempo.
    Un abrazo: Carmelo

  2. ana frances dijo:

     Muy bueno el artículo. Estoy de acuerdo con Martín de Dios en casi todo, y digo “casi” porque tal vez el hecho de reconocer que Cataluña es muy  diferente haya que decirlo como una concesión para que haya paz, no porque realmente lo piense. Porque lo que yo creo es que son ellos, únicamente ellos, los catalanes, quienes insisten en que lo son, pero yo he vivido la mita de mi vida allí y sé que son tan españoles como cualquiera del resto de España. Yo misma no me identifico demasiado con muchas tradiciones, Historia, cultura y forma de proceder de las gentes de diversas provincias; sin embargo, lo veo como parte de mi patria, como un sinfín de diferencias que hacen un todo (a veces me pregunto qué tengo que ver con el flamenco, las sardanas, las jotas o los bailes regionales cántabros. Y la respuesta, al final, es: puede que todo).  Un beso,Ana

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