Manuel Valls, juegos de palabras

El primer ministro francés, Manuel Valls, propone una renovación a fondo de las posiciones políticas de la izquierda, abandonando lo que él llama “la izquierda anticuada, que se aferra a un pasado superado y nostálgico”.

Pasemos por alto el hecho de que el pasado, por definición, siempre está superado (porque si no no sería pasado), y que se puede sentir nostalgia por él, pero el pasado en sí mismo no puede ser nostálgico. Es una muestra más de la ignorancia de la mayoría de los dirigentes políticos y de su manía de destrozar el idioma con construcciones gramaticales imposibles y con frases hechas sin detenerse a pensar lo que significan (por ejemplo, aquí los líderes(?) socialistas  hablan todos los días de “ayudar a la dependencia”, lo que no me parece especialmente deseable, y acusan al gobierno del PP de “reducir o acabar con la dependencia”, lo que más bien, tomado literalmente, sería algo digno de elogio).

Valls lleva sus impulsos modernizadores al punto de no descartar que se pueda suprimir la palabra “socialista” para definir a la “nueva izquierda”. No me produce ningún escándalo especial: si no hay ideas sagradas, mucho menos hay palabras sagradas. El socialismo es una referencia ideológica, histórica y cultural muy potente de la que se podría prescindir, siempre que exista una alternativa mejor y al hacerlo no se pierda más de lo que se gana.

Pero si hablamos en serio, hablemos en serio. La alternativa al socialismo como posición ideológica no puede ser, como propone Valls, una izquierda “pragmática, reformista y republicana”.  Y no puede serlo, simplemente, porque ni el pragmatismo ni el reformismo ni el republicanismo son posiciones ideológicas, sino actitudes que pueden ser compartidas por cualquier persona en cualquier lugar del espacio ideológico.

Un conservador puede ser pragmático, reformista y republicano exactamente igual que puede serlo un progresista: de hecho, la historia está llena de líderes muy de derechas que han sido pragmáticos, reformistas y republicanos: Ronald Reagan fue esas tres cosas, como lo fue Konrad Adenauer en Alemania o el propio De Gaulle en Francia.

Así pues, en el planteamiento de Valls pueden pasar dos cosas: o tiene una empanada mental importante y mezcla churras con merinas, o la cosa tiene trampa y en realidad lo que  está vendiendo es una nueva versión del fin de las ideologías.

O puede ser simplemente que se trate de un discurso oportunista más, destinado a sugerir que gentes de su partido como Martine Aubrey no son ni pragmáticos, ni reformistas ni republicanos. Lo que, por decirlo suavemente, me parece un exceso, pese a que comparto unas cuantas (no todas) de las cosas que está queriendo hacer Valls (que, por cierto, ha oscurecido por completo al ya de por sí oscuro François Hollande, quien si no me equivoco sigue siendo el presidente de una república presidencialista y anda escondido entre los matojos, poniendo a su primer ministro por delante para que le partan la cara).

Por lo demás, no sé yo si la izquierda francesa (de la española ya hablaremos) está como para permitirse el lujo de prescindir de nadie. De hecho, dividir y diezmar las tropas propias cuando se nos echa encima el monstruo populista no me parece que sea muy pragmático, ni reformista ni republicano; más bien me parece una estupidez.

Puestas así las cosas, es muy difícil mantener un debate ideológico que merezca tal nombre. Porque para ello se necesitan dos cosas: respeto por los hechos y rigor en el uso de las palabras y de los conceptos. Ninguna de esas dos cosas está presente en las declaraciones de Valls, que tanta polvareda han levantado.

Y es que me temo que sólo pretendía eso, levantar polvareda.

 

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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5 respuestas a Manuel Valls, juegos de palabras

  1. Carmelo Martínez dijo:

    Esto, desgraciadamente, viene de lejos. Mi detestado Tony Blair ya dijo hace veinte años: “lo importante no es ser de izquierdas ni de derechas sino ser eficaz”. Y, bueno, no me remonto más lejos, porque puedo recordar lo de los gatos blanco y negro, y es que González -éste sí, un estadista muy querido- cuando decía bobadas, las bordaba.
    La razón es simple: considerar la ideología como una creencia religiosa que estorba el buen gobierno, cuando la ideología supone un fin, que, naturalemente, se puede hacer de una manera o de otra. A veces, los medios, las herramientas, son ideología. Decir, por ejemplo, que la derecha gestiona mejor que la izquierda, es pura ideología.

    • No comparto, Carmelo, tu opinión sobre Blair. Pero ¿estás seguro de que esa frase es suya? Porque lo ames o lo detestes, me tienes que admitir que el tipo no es ningún idiota, y esa frase es una auténtica idiotez.

      • Carmelo Martínez dijo:

        Es suya. Pero no tengo más prueba que mi memoria, en este caso reforzada porque la frase me pareciólo suficientemente imbécil como para guardarla. No más imbécil que lo del gato de los cojones.
        Sobre el gato, por cierto, Rafael Sánchez Ferlosio hizo un artículo particularmente cruel.
        http://elpais.com/diario/1985/09/28/opinion/496706414_850215.html

        Un abrazo
        Carmelo

      • Lo que demuestra que nadie está a salvo de decir imbecilidades. Porque Felipe González recordó la frase del gato y los ratones como una anécdota, al regreso de una viaje oficial a China, citando a Deng Xiaoping, que según tengo entendido no era precisamente un retrasado mental; y éste, a su vez, dijo la frase -que tampoco es suya, sino de la cultura popular china- en el contexto de una conversación sobre las diferencias entre táctica y estrategia. ¿No abusamos todos de los adjetivos, incluso Ferlosio, con demasiada alegría y poca información?

  2. Ana dijo:

    Muy sagaz, como siempre. Beso

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