El debate: comerse a la rubia o la historia de un suicidio no anunciado

Candidato del partido del gobierno acude a un debate televisado con candidata del partido de la oposición. En realidad, el debate ni le apetece ni le interesa. Como la campaña, como las mismas elecciones. Su jefe ya ha negociado para él un puesto en la Comisión Europea y todo lo demás le parecen engorrosos trámites que hay que pasar, pero que le dan una gran pereza.

Además, para este debate le han puesto enfrente a una chica irrelevante, una típica progre, colaboradora de Rubalcaba, que sólo sabe hablar de feminismos y estupideces de esas. Así que el debate será fácil, piensa él: a la rubia esta del PSOE me la como con patatas en cinco minutos. Además, para eso tengo a Moragas y a todos los técnicos del Gabinete de Moncloa buscándome datos de lo que hizo Zapatero para aplastarla.

Eso sí, nuestro hombre tiene que soportar al pesado de Arriola y compañía que se empeñan en subrayarle lo que tiene que decir y, sobre todo, lo que NO tiene que decir. Como tiene fama de tipo competente pero más bien deslenguado, le repiten una y otra vez:

Ministro, tú tranquilo. Sólo se trata de no correr riesgos. Vamos bien en las encuestas y el debate no lo va a ver nadie, así que no debes preocuparte. El objetivo es no agitar a los votantes de izquierda, que están muy desmovilizados. Así que sólo debes hacer dos cosas:

La primera, no salirte nunca del guión. Te diga ella lo que te diga, tú le das leña al mono de la herencia recibida y así hasta el final. Aquí te dejamos todos los datos de la gente de Moragas para que te los aprendas y los repitas hasta aburrir a las ovejas. Ella te intentará provocar llevándote a su terreno, pero tú ni caso.

Eso si: ten cuidado, no te pases de agresivo con ella. Es una mujer, y ya se sabe que debatir contra una mujer es peligroso porque la gente se pone de su parte, lo dicen todos los manuales. Aunque tampoco te va a hacer falta, tú le das una y otra vez con lo de Zapatero y en una hora has acabado con ella sin despeinarte. Del resto ya nos ocupamos nosotros con Marhuenda y los de las tertulias para que todos digan al día siguiente que has barrido.

Se ponen tan pesados con sus consejos que el candidato termina irritándose. ¿quiénes son estos para decirme a mí lo que tengo que hacer? Aquí lo que hay es mucho listo…y qué manía con que me aprenda los datos, como si no tuviera nada mejor que hacer. Si ella no sabe nada de nada y yo he sido ministro no sé cuántos años, en dos minutos me la meriendo y a otra cosa…

Pero resulta que se abre el debate y la cosa empieza a torcerse desde el principio.

Primero, su imagen física es lamentable al lado de la de su adversaria y, al fin y al cabo, esto es televisión. Lo de ensayar el tono y la actitud, como le sugerían los “listos” de Génova, le ha parecido una pérdida de tiempo, así que por ese lado ya vamos mal.

Además, como no se ha tomado la molesta de estudiarse los datos y todo lo que tiene son datos, no le queda más remedio que mirar al papel una y otra vez. Y como ni siquiera se ha ocupado de ordenar los papeles, lo que tiene en las manos -progresivamente temblorosas- es un montón de números garabateados y no hay manera de encontrar el que necesita en cada momento, así que los va soltando sin orden ni concierto, trabucándose y mezclando churras con merinas; eso sí, repite la palabra “Zapatero” cada quince segundos, que eso es lo que nunca falla. Es lo que llevan dos años haciendo y sirve lo mismo para un roto que para un descosido.

Pero la mayor sorpresa es cuando descubre que lo que tiene enfrente no es la rubia sufragista e ignorante que se había imaginado, sino todo lo contrario: una política profesional con muchos años de experiencia, que sabe de comunicación y es muy consciente de lo que hay que hacer en televisión; que se expresa con claridad y parece extrañamente serena frente a un señor tan importante; que golpea con eficacia y no entra a los trapos cuando no tiene que entrar; que se conoce los temas y además –ella sí-  se ha preparado el debate a conciencia. De hecho, parece que supiera de antemano lo que él pensaba decir.

Así que a los pocos minutos de debate ya sabe que le están dando un baño. Y además, no puede olvidar lo que le han repetido mil veces: no la ataques personalmente que es una mujer, no te salgas de tu guión, tú a la herencia recibida pase lo que pase.

Soporta el chaparrón y sólo le consuela pensar que tras el descanso llegará su punto fuerte; la cosa agrícola y la PAC, su gran éxito. Ahí se va a enterar la progre ésta de ciudad, piensa él: la gente va a ver lo que es defender de verdad los intereses de España.

Pero resulta que, llegado el gran momento, la rubia ni se inmuta: se limita a mostrar y leer una carta en la que él mismo daba las gracias a los socialistas por su ayuda en la negociación agrícola en Bruselas.

El ministro-candidato trata de recordar quién fue el imbécil que en el ministerio le puso un día a la firma semejante carta.

Así que pasa el esperado momento estelar con más pena que gloria y vuelve el calvario: el aborto (en menudo lío nos ha metido este Gallardón, y ahora lo tengo que defender), los derechos de las mujeres, las libertades, la cooperación exterior…Y aquí ni siquiera le queda el recurso de meterse con Zapatero, que esos fueron sus puntos fuertes…

Menos mal que esto sólo ha durado una hora, piensa al final. Lo peor es ver a la salida las caras de sus colaboradores, entre la desolación y el reproche. Pero si toda la culpa ha sido de ellos, piensa nuestro héroe. ¿Por qué han tenido que meterme en semejante lío? ¿No decían que las encuestas iban bien? Pues te cargas el debate y no se hable más, coño, que en los mítines todo son aplausos y parabienes, como debe ser.

El caso es que el candidato pasa mala noche. Se siente humillado y enfurecido a la vez. Y por si faltara algo, a la mañana siguiente tiene que ir a una televisión. Y le van a preguntar, claro que le van a preguntar…

Efectivamente, a la mañana siguiente llega a la televisión y le preguntan. Y decide tirar por el peor camino posible: me ha ganado porque era una mujer y se ha puesto muy impertinente, pero si le pego me hubieran llamado machista. “Abusar de la superioridad intelectual”, se atreve a decir el que hace sólo doce horas ha aparecido ante todo el país como un auténtico patán . Y la chulería suprema: “Si soy yo mismo, me temo”. Con razón, pienso yo.

El resto es historia conocida. La historia de un suicidio político que tardará poco en salir en los manuales de lo que no debe hacer un candidato en campaña.

Cuando vi la entrevista del día después y, en pleno alegato machista, le escuché lamentar  que el debate no hubiera sido con Rubalcaba, me dije: insensato, si Valenciano te ha vapuleado, lo mejor que te ha pasado es no haber tenido enfrente a Rubalcaba.

En Estados Unidos, tras un episodio como éste las elecciones estarían resueltas y una vida política habría llegado a su fin. Aquí, ya veremos. De momento, hay un puesto en la Comisión Europea en el aire, que en Bruselas se miran mucho ciertas cosas.

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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4 respuestas a El debate: comerse a la rubia o la historia de un suicidio no anunciado

  1. Javier Ledo dijo:

    Hemos podido ver cara a cara la verdadera derecha de este país.
    ¿Sus cualidades? Prepotencia, misoginia, machismo.
    Un análisis perfecto, lástima que Cañete seguirá en política, esto es España.

  2. Felicidades. Que bien relatado. Muy bien.

  3. Tienes razon Anita, y tiene razón Ignacio,no hay nada mas machista que no prepararse el debate, como es una mujer…
    Se merece todo lo que le pase, y su vanidad no se bien a que se debe, podía haberse puesto limpito, por que su imagen eran malisima. al lado de su oponente que estaba estupenda.
    Ha sido muy poco inteligente.

  4. Ana Francés dijo:

    ¡Cómo se nota que eres un profesional de la política! Estoy de acuerdo con tu análisis. El ministro debería haberse aprendido mejor la lección y, sobre todo, al día siguiente no verbalizar, para mayor escarnio, en público, sus convicciones machistas y retrógradas; en fin, que para que Arias Cańete pudiera convencer algún día, le haría falta esconder su vanidad, debería cuidar bastante más su imagen (bebiendo agua y limpiándose la comisura de los labios a menudo) y hacer más caso a sus próximos asesores -entendiendo que despedirán a estos últimos-. Besos

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