Gallardón y el aborto, ¿por qué?

Mi opinión personal sobre el aborto es sencilla y puede resumirse en pocas palabras: una mujer es la única dueña de su cuerpo y tiene derecho a hacer con él lo que quiera, cuando y como quiera. Estoy de acuerdo en una ley de supuestos, siempre que haya un único supuesto: lo hago porque me da la gana y en esto mando yo y no el PP, ni los jueces ni los obispos. Como la cosa para mí tiene pocos matices -y lo que me parece increíble es que a estas alturas sea necesario reclamar ese derecho-, no vale la pena extenderse mucho sobre ello.

La curiosidad que me asalta en el día de hoy es más bien política. Leo los periódicos y me pregunto: ¿qué necesidad tendrán Rajoy y Gallardón de meterse en el jardín de devolvernos al paleolílitico en la legislación sobre el aborto?, ¿qué esperan ganar de semejante aventura?, ¿por qué no hacen lo que sería prudente en su caso, que es esperar a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el recurso que ellos mismos promovieron y limitarse a aplicar esa sentencia?

Porque no les quepa ninguna duda: detrás de esa decisión no hay nada que tenga que ver con la conciencia, las creencias o el imperativo moral. Lo que hay es un análisis de costes y beneficios políticos. La cuestión es que no consigo desentrañar los códigos de ese análisis, por que por más que lo miro, intentando ponerme en su lugar, lo único que me sale es un buen puñado de costes y muy escasos beneficios.

Algunos creen que lo hacen para desviar la atención de la crisis y que se hable de otra cosa. Pero es un razonamiento tan burdo que no puede esperarse ni siquiera de Rajoy y Gallardón. No se anula un malestar social creando otro. Al revés, se potencian mutuamente.

La mujer española que hoy está abrumada porque ha perdido su trabajo y no puede sostenerse o sostener a su familia, porque ya no tiene dónde llevar a sus hijos pequeños y se ve desde lejos que quieren devolverla a aquella forma de subordinación  que llamaban “sus labores”; porque sus hijos mayores, sobradamente preparados, se han tenido que ir de España para poder hacer algo en la vida y ve que eso no se llama emigración sino “movilidad exterior”; porque a ella, o a su vecina, o a cualquier otra mujer la está maltratando el cafre de turno y nadie hace nada para evitarlo; porque ya nadie le ayuda a atender a sus mayores y además tiene que pagar por sus medicinas o por llamar a una ambulancia; porque a ella le han subido todos los impuestos mientras a Bárcenas le ofrecen la amnistia fiscal para lavar los millones que robó…la mujer que sufre y está hasta al límite de su resistencia no a a desviar la atención de todo eso porque a Rajoy-Gallardón se les ocurra ponernos a hablar del aborto para que no se hable de la pobreza.

Lo que va a hacer esa mujer es indignarse aún más ante el insulto de que encima le quieran arrebatar la soberanía sobre su propio cuerpo y le anuncien que se le aplicará el Código Penal si decide no tener un hijo simplemente porque el hecho de que no desea tenerlo, sin tener que dar explicaciones a nadie salvo a sí misma.

Si Gallardón busca congraciarse con la derecha agreste del barrio de Salamanca, que se olvide de ello: siempre lo considerarán un traidor por sus antiguos coqueteos -más aparentes que reales- con el enemigo rojo. Y además, no lo necesita: lo seguirán votando tapándose las narices, que es lo que han hecho hasta ahora. Lo que sí conseguirá (yo creo que ya casi lo ha conseguido) es quedar definitivamente desenmascarado  frente a aquellos que lo miraban con buenos ojos desde el otro lado y lo consideraban la cara amable de la derecha, el rostro de la “derecha civilizada”.  La leyenda de “Gallardón el moderado”, que siempre fue una falacia, está a punto de ser enterrada con todos los honores (y con algunos de los horrores cometidos como Ministro de Injusticia).

Cuenta la leyenda que don José María Ruiz-Gallardón, en sus tiempos, solía comentar en privado, con cierta sorna: “sólo conozco a una persona que sea más de derechas que yo: mi hijo Alberto”. Y los padres, en estas cosas, suelen tener razón…

La asignatura pendiente de la derecha española para ser por fin homologable con las derechas democráticas europeas es liberarse definitivamente de la tutela clerical. Lo han hecho hace tiempo muchos de sus votantes: la mayoría de los que votan hoy al PP son creyentes, pero pasan mucho de someter sus vidas al dictado de la jerarquía eclesiástica.

Y sin embargo, estos dirigentes siguen aceptando sumisamente que cualquier sotanosaurio los reprenda públicamente y, lo que es más grave, les dicte la legislación que tienen que promover para no caer en pecado. Con el PP, ha vuelto a gobernar en España la Conferencia Episcopal; o al menos, ellos creen que han vuelto, y el gobierno no hace nada para sacarlos de su error, sino al contrario.

A mí, qué quieren que les diga: que me gobierne Rajoy no me gusta, pero lo acepto y defiendo su derecho a hacerlo porque la mayoría de mis conciudadanos lo han querido. Es un gobierno tan legítimo como el que más.  Pero que me vuelvan a gobernar los Roucos de este mundo es más de lo que puedo soportar.

La jerarquía eclesiástica pretende ejercer sobre los gobiernos de la derecha el mismo tipo de tutela que en el pasado reclamaban las cúpulas sindicales sobre los gobiernos de izquierda. Los laboristas británicos, de la mano de Toni Blair, volvieron a ser un partido mayoritario cuando se libraron de la tutela sindical; y el PSOE tuvo que pasar por el amargo trance de una huelga general destinada a llevarse por delante a Felipe González y un divorcio traumático con UGT para lograr el mismo resultado. Pero el hecho es que hoy la relación entre los partidos socialistas y los sindicatos es sana, lo que quiere decir que es libre: coinciden a veces (la mayoría) y a veces discrepan, pero nadie pretende decirle al otro lo que tiene que hacer.

No hay una derecha en Europa tan condicionada por el poder eclesiástico como la española. Ni siquiera la italiana, que desde que cayó en manos del golfo Berlusconi se ha quitado todos los complejos en ese terreno.

Los avances en derechos civiles, entre ellos el derecho al aborto, son la parte buena del legado de Zapatero. El Partido Socialista, que no tiene por qué sentirse hipotecado por decisiones de otro tipo que nunca debieron tomarse, haría muy bien en defender con uñas y dientes ese legado en la parte en que merece ser defendido. Y se equivocarían mucho sus dirigentes si lo consideraran una cuestión menor en comparación con la magnitud de la crisis económica. Cualquiera que sea la gravedad del incendio, la defensa de la libertad no es jamás un asunto menor.

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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4 respuestas a Gallardón y el aborto, ¿por qué?

  1. Juan C. dijo:

    Lo aplaudo pero sin entusiasmo porque teniendo tantas oportunidades para romper con ese acuerdo nunca se hizo. Con tantos golpes uno se endurece y, sinceramente, no son tiempos para entusiasmarse con la política y menos con las promesas.

  2. crmn dijo:

    Muy bueno, como casi siempre.

  3. Juan C. dijo:

    “La asignatura pendiente de la derecha española es liberarse definitivamente de la tutela clerical”. Aunque no sea la única materia pendiente, comparto esta frase del post. Pero lamentablemente la izquierda que representa el PSOE padece el mismo mal y por ello, mientras por lado legislaba ampliando libertades, con el hostigamiento de los obispos, acólitos y “meapilas”, por el otro, y como si tuviera remordimiento por aprobar esas leyes, ofrecía mejoras sustanciales en la financiación de la Iglesia católica, asumía el concordato y le daba un trato privilegiado.

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