A vueltas con Ponferrada

Es llamativa, irritante y con frecuencia intelectualmente ofensiva la inclinación que tenemos en este país a convertir cualquier episodio de la vida pública que tenga un poco de morbo en una gigantesca fiesta de disfraces en la que cada uno se viste con los ropajes que cree que mejor le sientan o que más le aprovechan en ese momento. Cuando pasa algo como lo de Ponferrada aparecen los justicieros de ocasión, las gentes siempre puras y los puristas, los ofendidos de verdad y los que se hacen los ofendidos, los que ven la paja en el ojo ajeno pero nunca la viga en el propio; aparecen también los chivos expiatorios, más o menos voluntarios, y los que se quitan de en medio como si la cosa no fuera con ellos. Aparecen los ventajistas para los que cualquier ocasión es buena para hacer daño al rival, sobre todo si es del mismo partido. Y lo más preocupante, aparecen con más fuerza que nunca los implacables denunciadores -y frecuentemente, beneficiarios- de la política como una cosa inmunda, de los partidos como cuevas de ladrones y de los políticos como una especie zoológica que debe ser extinguida: un discurso tan demagógico como peligroso, porque llama a gritos a un salvador (que suele ser un político disfrazado de no-político) y está en la raíz de todos los populismos que terminan destruyendo las democracias.

En definitiva, episodios como éste suelen ser una fiesta para jetas y oportunistas de toda laya y condición. Y esta, por desgracia, no ha sido una excepción.

Lo de Ponferrada ha sido un error político del PSOE. Un error local que adquiere dimensión nacional y se convierte en muy grave por tres circunstancias:

  • Porque toca de lleno un tema altamente sensible para la sociedad, una línea roja para la izquierda y una seña de identidad del Partido Socialista: la lucha por la igualdad y contra la violencia de género.

Un partido político debería ser extremadamente cuidadoso con su patrimonio político. Y la cuestión de la igualdad se ha convertido -es verdad que sobre todo en los últimos años- en un elemento muy importante del patrimonio político del PSOE. De hecho, tengo para mí que esa es la mejor parte de la pesada herencia que Zapatero ha dejado a su partido. El Partido Socialista lleva varios años sobreviviendo electoralmente gracias al voto de las mujeres: por ellas ganó las elecciones en 2004 y 2008, y gracias a ellas en la debacle de 2011 consiguió mantener una cifra respetable de 7 millones de votos. En España hay un 52% de mujeres, pero en el electorado del PSOE el voto femenino pesa mucho más: cerca del 60% de los votantes socialistas son mujeres.

No siempre ha sido así. Digo yo que no será por casualidad y que algo tendrá que ver con el compromiso serio y no meramente retórico con la causa de la igualdad. Por eso cuando este partido da un paso atrás o se equivoca en este terreno, no sólo está haciendo algo injusto; además, se está autolesionando seriamente. Y en una situación de debilidad como la actual, no es exagerado decir que pinchar el flotador no parece la politica más prudente.

Para el PSOE actual, es infinitimanente más valiosa su identidad política asociada a la lucha por la igualdad que ganar cualquier gobierno municipal. Lo es, desde luego, en el plano ideológico; pero lo es también en el plano estratégico y electoral. En este caso, las ideas y los intereses coinciden. Y si para mantener eso es necesario plantarse y tener un conflicto interno, habrá que cargar con ello.

  • La gravedad del asunto deriva también, como digo, de la debilidad actual del PSOE: un partido que acaba de perder 4 milllones y medio de votos y prácticamente todo su poder territorial, que aún está en el banquillo de los acusados por la gestión de la crisis y afectado como el que más por la ola antipartidos que amenaza con hacer saltar el sistema entero; y con un liderazgo cuestionado desde dentro y desde fuera que no ha podido contar -como sí pudo Zapatero- con la lealtad política de quienes perdieron la elección en el Congreso. En otras condiciones, puedes permitirte el lujo de equivocarte. En estas, no.

Esto es como cuando en la liga un equipo va varios puntos por detrás de otro: necesita que su rival falle, pero además necesita acertarlo todo. La exigencia es máxima, porque exige el error ajeno y excluye el propio. En este momento se está cumpliendo -y de qué manera- el primer requisito, pero me temo que no es suficiente.

  • Y la tercera circunstancia que agrava el error es la escandalosa ley del embudo que rige desde hace años en la política española, en la que las varas de medir son manifiestamente desiguales para unos que para otros.

Como ha recordado con acierto César Calderón, el acosador de Ponferrada que ha dado su voto al  PSOE para hacerse con la alcaldía es el mismo que fue alcalde del PP y después apoyó con su voto al gobierno municipal del PP durante dos años, sin que nadie le haya hecho muchos ascos a ese voto ni hayamos visto rasgarse las vestiduras a nadie, ni dentro ni fuera del PP  -y por supuesto, a nadie en los medios de comunicación, ni siquiera en los que pasan por progresistas. El mismo acosador, el mismo voto contaminado, pero distinto beneficiario: he aquí lo que separa la indulgente indiferencia del aspaviento escandalizado.

¿Sirve esto como excusa para el error cometido? En absoluto. Porque esta ley del embudo funciona en la política española desde hace mucho tiempo, y la obligación de un dirigente socialista, además de lamentarse por ello, es reconocerlo  como un dato de la realidad e integrarlo en su análisis a la hora de tomar ciertas decisiones. En España -y probablemente, no sólo aquí- lo que es natural en la derecha resulta escandaloso en la izquierda. Un condenado por acoso sexual puede dar su voto a un alcalde del PP, pero no a uno del PSOE. Será justo o injusto, pero es lo que hay, y más nos vale no olvidarlo nunca.

Pero como casi siempre ocurre, los problema concretos se relacionan con disfunciones generales, y son una buena ocasión para reflexionar sobre ellas.

Primera reflexión: Este caso ha hecho mucho ruido, pero estamos hartos de ver operaciones en las que cae un gobierno municipal o autonómico por alianzas de ocasión, más o menos extrañas, que casi siempre consisten en aprovechar el voto de algún tránsfuga con ganas de venganza.

En España se ha consagrado la doctrina constitucional de que el escaño -o la concejalía- no es propiedad del partido que recibió el voto, sino de la persona que lo ocupa. En otros sistemas, en los que el voto a la persona es decisivo, esto tiene su lógica. En un sistema como el nuestro, de listas cerradas y bloqueadas, es absurdo y genera toda clase de problemas.

Es evidente que con este sistema electoral la gente vota al partido de su preferencia, al margen de los nombres de la lista que la inmensa mayoría de los votantes ni siquiera conocen. en estas condiciones, dar la titularidad de la representación obtenida a la persona antes que al partido es un contrasentido que violenta el sentido de la voluntad popular.

La secuencia  ha sido la siguiente: Al principio de la transición, el concejal o el diputado que abandonaba su partido abandonaba también el escaño y el siguiente de la lista ocupaba su lugar. Luego, el Tribunal Constitucional estableció la doctrina de que el escaño va con la persona y no con el partido, lo que recompensó el transfuguismo y lo convirtió en un cáncer de la política española; a la vista de eso, los principales partidos acordaron y firmaron un pacto antitransfuguismo que, en la práctica, era una forma de enmedarle la plana al Alto Tribunal; y por último, los mismos partidos que firmaron ese pacto se han dedicado a transgredirlo a la menor ocasión que han tenido de ganar en los pasillos un gobierno que no habían ganado en las urnas.

Es posible y conveniente reformar el sistema electoral. Pero mientras tengamos éste, si los ciudadanos de un municipio deciden que un partido tenga 10 concejales, ese partido tiene que empezar y terminar la legislatura con 10 concejales, sean o no los los 10 primeros nombres de su lista original (y eso vale también para todos los puestos representativos que nacen del sufragio universal). Eso es respetar el sentido del voto. Lo otro será muy ortodoxo doctrinalmente para el Tribunal Constitucional, pero es políticamente injusto y además es una puerta abierta a oscuras maniobras protagonizadas por oscuros personajes para ganar el poder o el protagonismo que los votantes no les dieron.

Los votantes de Ponferrada decidieron en 2011 que el Partido Socialista tuviera 0cho concejales en el Ayuntamiento. Hoy no tiene ninguno. Uno de cada cuatro votantes quisieron ser representados por el PSOE; hoy, esas 8.500 personas se han quedado sin representación en el Ayuntamiento porque alguien ha cometido un error político. A estos efectos, me da igual que esto le suceda  al PSOE o a cualquier otro partido: lo que establece el sufragio universal sólo lo debería poder cambiar el sufragio universal, no doctrinas constitucionales claramente inadecuadas a la realidad y mucho menos contiendas de  poder en los partidos.

Segunda reflexión: se critica con dureza a los políticos porque son incapaces de reconocer una equivocación y casi siempre se empeñan en sostener lo insostenible y explicar lo inexplicable en aras de la sacrosanta coherencia. Pero a la vez, se machaca sin piedad al que hace lo contrario y dice: señoras y señores, hemos cometido un error, lo admitimos y lo rectificamos. Yo dudo mucho de que el Secretario de Organización del PSOE sea el único responsable de este paso en falso, pero es el que ha dado el paso de admitirlo y declararse culpable en primera persona del singular. Bien hecho, Óscar. Con tu reacción pública, le has hecho a tu partido un favor aún mayor que el daño causado por el error.

Y tercera reflexión: si estamos de acuerdo en que el Partido Socialista ha logrado hacer del tema de la igualdad una seña de identidad del propio partido (no de las feministas del PSOE, no de algunos dirigentes, sino de todos los socialistas), aprovechar un episodio desgraciado como éste para ganar posiciones en la lucha interna por el poder o para solventar viejas o nuevas cuentas pendientes es oportunista, desleal y además sumamente dañino para esa organización cuyas esencias algunos pretenden detentar.

Alguien ha dicho que en política los errores se traducen en dimisiones. No es verdad. En dimisiones se tienen que traducir los comportamientos ilícitos, los que son contrarios a la ley o a la ética. Pero en democracia los errores políticos tienen sus propios jueces, las urnas,  y su propia sanción, los votos. El principio de que en política quien se equivoca en una decisión se tiene que ir a su casa es disparatado en general y peligroso para quien lo formula. De hecho, si se trata de hablar de errores políticos que hacen perder votos, algunos deberían tentarse la ropa y mirarse en el espejo antes de exigir que funcione la guillotina para otros.

Anuncios

Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
Esta entrada fue publicada en Política. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a A vueltas con Ponferrada

  1. Carmelo Martínez dijo:

    Mi problema no es político sino justamente moral, justo lo que más se trae aquí a la palestra. Y mucho me temo que me confunde el gusto por las causas perdidas. Un delincuente que ha sido juzgado y condenado, ¿no tiene derecho, cumplida su condena, al retorno? ¿Seguro que con Ismael Álvarez no se puede hacer un pacto político? ¿Lleva la marca de Caín? Me fascima que en un país donde se ha rehabilitado a Pío Moa no se pueda rehabilitar a un acosador sexual. He leído, entre otros, a Juan José Millás y, hoy mismo, a Almudena Grandes -de Carme Chacón, dado su repulsivo oportunismo, prefiero ni hablar- y siento algo muy parecido a lo que sentía cuando alguien me hablaba hace mucho tiempo, ay, desde el púlpito de los buenos y de los malos. Se puede pactar con Monago y con Balbas, pero cuidado con el territorio feminista, porque ahí no está la izquierda ni la derecha sino lo políticamente correcto elevado al cubo. Pues no. Ya puestos, prefiero pactar con Don Ismael y sus deseos de venganza. Ya sé que el asunto está mucho más cerca de Don Mendo que de Macbeth, pero prefiero el despecho y la venganza a una operación urbanística. Por cierto; lo peor de Oscar López es justamente su rectificación, en la que no creo ni por el forro. Le regalo desde aquí una frase que desgraciadamente no es mía sino de Spinoza: “El arrepentimiento es un segundo pecado”.
    Un matiz a tu artículo, Ignacio: Los 6.000 votos a Ismael Álvarez en Ponferrada no se dieron a una formación política, sino precisamente a una persona, y sospecho que estaban y están mucho más cerca del PP que del PSOE. Eso es, creo, lo que no ha sido evaluado ni por López ni por María Santísima.

    • Sólo una precisión,Carmelo: yo no hablo de los 6.000 votos de don Ismael, sino de los 8.443 que recibió el PSOE para que fueran elegidos 8 concejales de ese partido. Hoy esas 8 personas se han ido del PSOE pero se han quedado de concejales y, por tanto, esos 8.433 votantes se han quedado sin la representación política a la que quisieron dar su voto. ESo es lo que a mi juicio no es razonable, ni en este caso ni en ninguno, mientras segamos teniendo el actual sistema electoral.
      Por lo demás, ¿se puede hacer un pacto político con don Ismael? Ya has visto que sí. ¿Eso tiene un precio político? Ya has visto que sí. ¿Debe un dirigente político evaluar los beneficios y los perjuicios que pueden derivarse de una decisión antes de tomarla? Parece que sí, pero parece también que no ha sido este el caso o que la evaluación previa no ha sido acertada. Así que tomar una decisión que comporta más coste que beneficio es un error político, sin que ello implique un juicio moral ni suponga que al que lo comete haya que pasarlo por las armas.

  2. alfredo20032 dijo:

    DE acuerdo con la mayoría de tus reflexiones. M e queda una duda dificil de resolver, si las actas de los cargos públicos fueran “propiedad” del partido en vez de los electos, se resolvería el problema del tansfuguismo pero podrían generarse otros problemas, como sería la presión enorme de las direcciones políticas sobre los cargos públicos, no solo en casos claros como este sino en muchos otros de otras características.

    http://alfredo20032.blogspot.com.es/2013/03/la-continuidad-de-prubalcaba-como-sg.html

  3. Carmen Varela dijo:

    Estoy de acuerdo con “casi” todo. Lo que es indiscutible es que escribes muy bien.

  4. Paco Peces-barba dijo:

    Cuanta razón tienes Ignacio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s