Galicia, ¿en la vanguardia?

En medio de la ola de insatisfacción y confusión política que nos asola, se han instalado tres ideas que se dan por buenas porque suenan bien o porque tienen el aplauso de la grada, pero de las que me permito respetuosamente discrepar:

  • La primera es que la democracia representativa ha dejado de serlo (de ser representativa y, para los más radicales, incluso de ser democracia) y tiene que ser sustituida por formas  de democracia directa que prescindan de intermediarios. La antipolítica como política: en un país con la tradición anarquista de España, es comprensible que este tipo de ideas cause furor.
  • La segunda es que la forma de combatir los males de la democracia es cambiar las leyes electorales. Ójala fuera tan fácil…
  • Y la tercera es que los procesos internos de los partidos (por ejemplo, su forma de elegir a sus dirigentes) son en sí mismos una fuente de legitimidad social. Lo mismo digo: ójala fuera tan fácil…

En mi opinión, cada una de las tres es un espejismo que nos lleva por el camino equivocado al confundir la enfermedad con algunos de sus síntomas.

El debate entre democracia representativa y democracia directa es demasiado trascendental como para abordarlo en estas breves líneas. De hecho, es el gran debate político de nuestro tiempo.

En cuanto al segundo, los sistemas electorales son como mantas cortas: si te tapas por arriba, te destapas por abajo. Cada uno de ellos tiene tantas ventajas como inconvenientes, y está por inventar el sistema que dé respuesta a demandas que frecuentemente son contradictorias entre sí. Por ejemplo: hace unos días he escuchado en el Parlamento, dentro del mismo discurso, que hay que hacer un sistema electoral con circunscripciones más pequeñas; y, con un intervalo de escasos segundos, que hay que aumentar la proporcionalidad.  Es decir, la cuadratura del círculo: porque hasta donde yo sé las circunscripciones pequeñas, por definición, van en contra de la proporcionalidad. Pero sobre esto me gustaría escribir con más calma cualquier otro día.

¿Qué pasa con el interior de los partidos, en concreto con el PSOE? Por una parte, que nos hemos contagiado de la moda de cuestionar las formas y los principios de la democracia representativa; y por otra, que cuando andamos faltos de ideas buscamos congraciarnos con el personal poniendo en valor nuevos métodos de elección de dirigentes que vayan a favor de la corriente; como si eso le importara de verdad a los ciudadanos que lo que esperan son soluciones a sus problemas y sin detenernos a pensar si algunas cosas de las que hacemos no producirán el efecto contrario al que se pretende: no más democracia interna, sino menos.

Perdónenme un poco de historia, son cosas de la edad:

Cuando yo entré en el PSOE, los miembros de la Ejecutiva se elegían en el Congreso uno a uno. Tú votabas a quién querías como Secretario General, como Secretario de Organización, como Secretario de Formación, etc. Es más, cualquiera podía presentar su candidatura a título individual para una secretaría concreta, sin necesidad de estar incluido en una lista. De esta forma, cada miembro de la Ejecutiva tenía sus votos, los que el Congreso le había dado; y de hecho, se practicaba con fruición el “voto de castigo” a los dirigentes menos populares entre los delegados.

Después, por aquello de  dar coherencia a los equipos de dirección, pasamos a votar la Ejecutiva en listas cerradas y bloqueadas. Se presentaban candidaturas completas y tú  votabas una de ellas.

En el famoso Congreso del 2000, que ganó Zapatero, se decidió disociar la elección del Secretario General de la del resto de la dirección. Primero se elige al líder y al día siguiente se vota la Ejecutiva. Efectos inmediatos: en primer lugar, la votación decisiva ya no es sobre un equipo de dirección, sino sobre una persona. En segundo lugar, la votación de la Ejecutiva ha pasado a ser un mero trámite, porque sólo hay una lista y porque en realidad no es una elección sino un refrendo de las personas designadas por el nuevo Secretario General para acompañarle en la tarea. Este es aún el sistema en vigor.

¿Se ganó mucho en democracia interna? No lo creo. Lo que se hizo fue avanzar hacia el cesarismo y debilitar el carácter colegiado de la dirección. Tú te apuntas a la lista de los apoyos del líder de tu preferencia y luego, si éste gana la elección, esperas a ser designado por su dedo providencial para formar parte de la dirección, con la seguridad de que el Congreso no va a desautorizar a quien ha votado 24 horas antes.

Naturalmente, eso ha tenido también efectos en el funcionamiento de los propios órganos de dirección, en los que el debate y la decisión colectiva se ha sustituido por el designio omnipotente del líder, al que todos los demás deben su presencia allí. Nunca ha habido en la dirección del PSOE tanta sumisión al líder y tan poco debate interno como en los tiempos de Zapatero -y conste que no culpo de ello al propio Zapatero, sino a un sistema que conduce inexorablemente a ese resultado.

Ahora se quiere dar un paso más en ese camino, y lo paradójico es que se hace también en nombre de la democracia. Que el Secretario General sea elegido por sufragio universal de todos los militantes. Y después, que venga un Congreso a refrendar la lista de Ejecutiva que el líder tenga a bien presentar. Eso es lo que acaban de decidir los socialistas gallegos, y lo que muchos más propondrán para el PSOE en la Conferencia Política de octubre.

Si esto se hace así, a partir de ahí podemos tranquilamente prescindir de las ejecutivas, los comités federales o regionales e incluso de los congresos, al menos como órganos de dirección con capacidad decisoria. A lo más, serán órganos deliberantes o consultivos para el único que tendrá la legitimidad de origen, el Secretario General convertido en caudillo indiscutible. ¿Quién va a toser a quien ha conseguido el apoyo directo de las bases, quién va a discrepar de él o a oponerse a sus decisiones? Por este camino, se acabó la concepción del PSOE como un partido dotado de órganos colectivos y colegiados de dirección: vamos directamente al cesarismo y a la personalización máxima del poder interno. Elegimos un líder y nos ponemos en sus manos, sin más.

No digo yo que este sistema tenga necesariamente que ser condenable: a lo mejor hasta resulta más eficaz en ciertas circunstancias. Lo que digo es: primero, que no garantiza un funcionamiento más democrático del partido, sino menos; segundo, que supone un cambio de fondo en  el modelo de partido; y tercero, que si nos creemos que por esa vía vamos a recuperar el apoyo ciudadano, es que nos estamos engañando a nosotros mismos. ¿De verdad cree mi amigo y compañero Pachi Vázquez que este sistema de elección le hubiera dado un solo voto más en las pasadas elecciones gallegas o se lo dará a quien le suceda en la dirección del Partido Socialista de Galicia?. Yo creo que no lo cree, porque es persona sensata y conoce muy bien a los gallegos.

Eso por no hablar del muy apasionante escenario que puede presentarse por la acumulación desordenada de procedimientos de elección poco meditados, pero todos ellos “muy democráticos”: primero elegimos un líder del partido por sufragio universal de los militantes. Y después elegimos un líder electoral por sufragio universal de los ciudadanos que quieran participar en unas primarias abiertas. Supongamos que sean personas distintas; es más, supongamos que el ganador de las primeras sea el perdedor de las segundas y viceversa. A partir de ahí, tendremos un choque de legitimidades perfectamente insoluble: el caos está servido.

Si lo que queremos no es un partido con un líder, sino un partido al servicio de un líder, sigamos todos por el vanguardista camino que han abierto los socialistas gallegos (por cierto, sin esperar siquiera a que lo discutamos entre todos). A lo mejor funciona, oiga: pero no me venda como un gran avance democrático lo que no es más que la búsqueda desesperada del aplauso del personal -especialmente del personal mediático, siempre bien predispuesto al espectáculo.

Lo malo que tiene torear mirando más al tendido que al toro es que, con frecuencia, éste se aprovecha y te manda a la enfermería. Esto es lo que nos viene pasando desde hace años, en este y en otros muchos temas de mayor trascendencia para el país.  Tal como están las cosas, a mí me parece que nos iría mejor adornándonos menos, haciendo menos posturas para la galería y estando más pendientes de la embestida del toro, pero admito que es muy probable que me equivoque.

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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