PSC -PSOE, Cataluña y España

1. El PSOE y el PSC son dos partidos distintos. Y es bueno que lo sean: si en su día se hubiera optado por convertir al PSC en una mera federación del PSOE, el socialismo en Cataluña jamás habría llegado a obtener el espacio y el papel decisivo que ha tenido durante las últimas décadas. Esta no es sino una manifestación más del llamado “hecho diferencial” de Cataluña dentro de España, cuya sola mención irrita sobremanera a muchos pero que es un hecho histórico y una realidad política y cultural imposibles de ignorar.

2. Lo que pasa es que eso de ser partidos diferentes está mucho más claro ahora que al principio de la transición. En su origen, el actual PSC fue el resultado de la fusión de dos partidos catalanes: el PSC de Reventós y el PSOE catalán liderado por Josep María Triginer. Dos partidos tan distintos que incluso su composición sociológica era muy dispar: el PSC era un partido de progresistas catalanistas de la burguesía barcelonesa y  la federación catalana del PSOE era sobre todo partido de sindicalistas y charnegos asentados en el cinturón industrial. Esa diferencia de origen marcó los primeros tiempos del nuevo partido: un dirigente nacional del PSOE llegó a hablar, medio en serio medio en broma, de “la lucha de clases dentro de un mismo partido”.

Lo cierto es que aquello finalmente mezcló bien, pero dio como resultado una cosa híbrida: el PSC (que durante mucho tiempo se llamó PSC-PSOE) se integró de hecho en las estructuras del PSOE y desde entonces participa con voz y voto en todos sus órganos de dirección: Comité Federal, Ejecutiva Federal, Congreso Federal, además de compartir grupo parlamentario en el Congreso (y por supuesto, ha tenido miembros muy destacados en los gobiernos socialistas). Desde ese punto de vista, tiene los mismos derechos que cualquier otra federación del PSOE. Pero a la vez mantiene con firmeza su identidad como otro partido, con sus propios estatutos, sus propios órganos de dirección, sus propios recursos financieros y, por supuesto, su plena autonomía para fijar sus programas, decidir sus candidaturas  y tomar sus decisiones políticas sin que el PSOE tenga la oportunidad no ya de intervenir sino ni siquiera de opinar sobre ellas.

3. Una relación, pues, extraña y claramente asimétrica, sobre todo para tratarse de dos partidos que se reconocen mutuamente como distintos.  El PSC tiene un peso importante en la dirección y en las decisiones del PSOE, pero el PSOE no tiene ningún papel -ni siquiera el de opinar- en la dirección del PSC. Lo que en ocasiones ha conducido a situaciones paradójicas: por ejemplo (como señaló acertadamente Alfonso Guerra), que pueda ocupar la secretaría general del PSOE  una persona que no pertenece a él y que, de hecho, está sujeta a la disciplina de otro partido. Ha estado a punto de ocurrir en el último Congreso, y estos días pienso con frecuencia en qué situación imposible se encontraría hoy el PSOE, ante el problema catalán, con una Secretaria General -y una parte importante de su dirección federal- ligada a un partido que no es el PSOE y cuya dirección mantiene una posición claramente discrepante sobre la cuestión del llamado “derecho a decidir”.

4. El hecho de ser dos partidos distintos, por otra parte, no ha impedido que durante todos estos años  cada uno de ellos haya recibido los efectos de los aciertos y los errores del otro. Nadie duda ya de que el infausto tripartito catalán fue un factor decisivo para que el PSOE no alcanzara la mayoría absoluta en las elecciones generales de 2008; y nadie duda de que la gestión de la crisis económica por parte del gobierno de Zapatero ha sido determinante en el descalabro electoral del PSC.

5. Pero pese a todas sus contradicciones, está claro que la fórmula ha sido un éxito. No sólo en términos electorales, sino en términos políticos y estratégicos de fondo. Gracias a ella el PSOE ha obtenido una presencia homogénea en toda España y una capacidad de articular un proyecto nacional de la que ha carecido el PP, condenado a ser un partido minoritario en territorios tan importantes como Cataluña y el País Vasco. Y gracias a ella el PSC, más allá de sus oscilantes resultados electorales, ha sido uno de los ejes imprescindibles de la cohesión y de la convivencia en una sociedad como la catalana, que es probablemente la más plural y compleja de España (y por eso mismo, la más expuesta al fraccionamiento). Y también ha sido una pieza clave en la defensa de una Cataluña con identidad propia dentro de España, como se vió en la elaboración de los dos Estatutos (al margen del conjunto de disparates que desde su inicio rodearon a la elaboración y aprobación del segundo). Errores aparte, sin el PSC todo hubiera sido más difícil entre Cataluña y España durante los últimos 30 años; y desde luego, todo hubiera sido más difícil para el socialismo.

6. Una excelente y productiva fórmula de unión política, con resultados positivos en todos los ámbitos (también en el electoral), que hay que preservar a toda costa; pero acompañada de una fórmula de articulación orgánica sumamente confusa y potencialmente conflictiva, que hay que revisar a fondo antes de que las actuales discrepancias desemboquen en algo peor.

7. En realidad, el problema del soberanismo que se plantea hoy desde Cataluña acaba de empezar. Crecerá en los próximos meses y, siendo optimista, tardará varios años en resolverse. Y la discrepancia entre el PSOE y el PSC no es menor: Aunque con comprensible voluntarismo se intente subrayar que en lo esencial (no a la independencia) estamos de acuerdo, lo cierto es que unos piensan  que separar a Cataluña de España es una decisión que corresponde solo a los catalanes y otros pensamos que tal decisisón correspondería, en su caso, a todos los españoles. Eso sin detenernos en el hecho de que tanto un camino como el otro tendrían que pasar por el pequeño trámite de cambiar la Constitución Española -y por supuesto, el propio Estatuto de Cataluña.

Con el actual marco de relaciones, el que heredamos del famoso protocolo de fusión entre el PSC y el PSOE de hace 30 años, en los próximos meses la tensión va a aumentar, la confusión lo va a contaminar todo y el conflicto se va a hacer crónico y, a la larga, inmanejable. Por eso tiene razón Rubalcaba cuando dice que ha llegado el momento de revisar el modelo, salvando lo esencial. Lo que ocurrió hace unos días en el Congreso fue un pequeño aperitivo de lo que puede pasar a partir de ahora si no nos movemos deprisa y con inteligencia.

8. Al menos, parece que ambas partes están convencidas de algo evidente para todo el que tenga ojos en la cara: lo único que el PSC y el PSOE no pueden permitirse es competir electoralmente entre ellos. Los que demandan reconstruir candidaturas propias del PSOE en Cataluña al margen del PSC no lo han pensado bien -o, quizás, lo han pensado demasiado bien.

Hoy por hoy -y me temo que durante bastante tiempo- es imposible que el PSOE gane unas elecciones en España sin un resultado próximo al 40% de los votos en Cataluña, y eso sólo lo garantiza una sola candidatura socialista. Y es igualmente imposible que el PSC vuelva a ser electoralmente competitivo en Cataluña si tiene que competir con otra marca socialista tan potente como el PSOE. Partir peras en este terreno conduce a la destrucción mutua asegurada. Conduce a regalar el poder a la derecha, en España y en Cataluña, durante muchos años. Esa es la línea roja que en ningún caso se puede traspasar, aunque algunos, llevados más por la emoción que por la razón, aboguen estos días por ella.

9. Así pues, en mi opinión el unico camino transitable es mantener la unidad política entre PSOE y PSC, pero asumir que por tratarse de dos partidos distintos sus estructuras orgánicas deben estar perfectamente deslindadas y diferenciadas. Es perfectamente posible mantener una política común en la inmensa mayoría de los temas, pactar la gestión de las diferencias, compartir los programas y aparecer ante los votantes como una sola oferta electoral: PSC en Cataluña, PSOE en el resto de España. A partir de ahí, clarifiquemos la situación: si somos dos partidos distintos, seámoslo de verdad y actuemos en consecuencia. Cada uno con sus propios órganos de dirección, con sus propios congresos, sus propios censos de militantes y sus propias finanzas. Y también ¿por qué no? con sus propios grupos parlamentarios, aunque nos coordinemos y votemos lo mismo el 99% de las veces.

Unión política y diferenciación orgánica, ese es para mí el camino a tomar a partir de ahora. Y en realidad, está todo inventado: algo parecido a eso es el modelo CDU-CSU en Alemania, y les va bien desde hace mucho tiempo. Y sin ir más lejos, ese es exactamente el modelo CiU en Cataluña: dos partidos diferentes (CDC y UDC) y una misma política. Pero no me imagino yo a Durán presentándose a la secretaría general de CDC, ni a Mas reclamando su cuota en la dirección de UDC…

10. Con todo eso quizás resolveríamos algunos problemas en el seno del socialismo, pero en realidad el problema de fondo tiene que ver con la transformación del sistema de partidos en Cataluña. Me explico:

El equilibrio político catalán (y el equilibrio de la relación entre Cataluña y España) se había sostenido hasta ahora sobre dos grandes patas: por una parte, un partido de centro derecha, nacionalista pero no rupturista y comprometido con la gobernabilidad de España (CiU). Por otra parte, un partido socialdemócrata comprometido a fondo con el catalanismo, pero no nacionalista (PSC). Entre ambos sumaban el apoyo de la gran mayoría y garantizaban un funcionamiento armónico -aunque no exento de tensiones- del autogobierno catalán dentro de España.

A uno y otro lado quedaban la representación en Cataluña del nacionalismo español (PP) y el nacionalismo radical independentista de ERC, ambos claramente minoritarios.

Pues bien, el problema es que los dos partidos mayoritarios han cambiado de piel. CiU ha cambiado la moderación por la radicalidad y el nacionalismo sensato por la aventura separatista. Y el PSC ha pasado de ser un partido socialista con sensibilidad catalanista a ser un partido nacionalista más con ideas socialistas.

De esa manera, la política catalana ha perdido el equilibrio y el sentido común que en otro tiempo la hicieron envidiable en comparación con el cainismo navajero de la política española. Aquel histórico y certero manca finezza con el que Andreotti se refería a la política española se ha extendido también a Cataluña, donde, por desgracia, se han olvidado de los pinceles y han tomado la brocha gorda con entusiasmo digno de mejor causa.

Pero además, los únicos beneficiarios de eso han sido el nacionalismo español preñado de anticatalanismo (el neolerrouxismo del PP, que ahora sufre además la competencia de Ciutadans) y el nacionalismo enloquecido de ERC, que pretende ser gobierno por las mañanas y oposición por las tardes y cuyo dirigente compara la independencia de Cataluña con la pérdida de las colonias del imperio español.

Como todo lo que pasa hoy en España, esto requiere grandes dosis de grandeza política. Justo lo que nos viene faltando desde hace ya demasiado tiempo.

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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