Cataluña

Por Dios, por la Patria y el Rey

lucharon nuestros padres.

Por Dios, por la Patria y el Rey

lucharemos nosotros también.

(Oriamendi, Himno carlista)

Dejemos aparte al Rey, que bastante tiene con lo que tiene en casa. La mayor parte de las barbaries que hemos cometido los humanos a lo largo de la historia, se han hecho en nombre de Dios o de la Patria (o de ambos a la vez: no en vano se llamó cruzada nacional al gorilazo cuartelero del 18 de julio del 36 y la masacre que vino después).

La religión y los nacionalismos son probablemente las dos ideas más destructivas que existen: con ellas se han justificado guerras, dictaduras, terrorismos y –con menos dramatismo- unos cuantos disparates políticos. Claro que los motivos de fondo suelen ser otros: casi siempre, el poder y el dinero. Pero la religión y el sentimiento patriótico tienen la capacidad de inducir –incluso ennoblecer- los comportamientos más irracionales. Con ellos se puede llevar a la gente a hacer lo que nadie sensato puede desear: matar y morir.

Otra cosa tienen en común: ambos necesitan enemigos para sobrevivir. Las religiones necesitan herejes que perseguir y los nacionalismos necesitan otros nacionalismos con los que combatir. Enemigos reales o imaginarios, pero que sirven para inflamar las pasiones, que es de lo que se trata.

Muchas de las desgracias históricas de España tienen que ver con el enorme peso que aquí  han tenido la religión (más bien el poder eclesiástico) y los nacionalismos (los nacionalismos periféricos y su mejor enemigo, el nacionalismo español).

Nación de naciones es, a mi juicio, la formulación que mejor se ajusta a la realidad de la formación histórica de España. En 1932, en su memorable discurso sobre el Estatuto de Cataluña (un texto de relectura imprescindible en estos días), Azaña decía:

A quienes sacan a relucir las figuras históricas a quienes se atribuye la realización de la unidad española, yo les sometería esta prueba: que hiciésemos aquí un proyecto de ley organizando el Estado español, respecto a las facultades y poderes del Estado, en la misma forma en que se hallaba bajo los Reyes Católicos y que lo publicásemos en la Gaceta*, y veríais correr espantados a todos los grandes defensores de la unidad nacional.

(* La Gaceta era el BOE de entonces.)

Pero nación de naciones, además de responder a la verdad histórica, es el concepto con el que mejor se explica y se defiende la unidad de España. No un argumento para la fragmentación, sino precisamente para lo contrario.

En todo caso, tenemos por aquí una larga tradición de separatistas y separadores. Comparten muchas cosas. Se necesitan y se alimentan mutuamente, cada uno de ellos  hace que el otro se fortalezca, se buscan y siempre se encuentran. En nuestra experiencia reciente, hay una correlación directa entre gobiernos del PP en España y auge y radicalización de los nacionalismos. Aznar logró que renaciera un partido moribundo como ERC, que era un pequeño grupúsculo de nostálgicos y pasó a convertirse en el árbitro de la política catalana. Y han bastado unos meses de Rajoy en la Moncloa para que un partido de orden como CiU se apunte al desorden y para que triunfen Beiras en Galicia, Bildu en el País Vasco y otra vez Esquerra en Cataluña.

De hecho, tengo la sospecha de que este nuevo arreón independentista en medio de una crisis brutal es una bendición táctica para los dos gobiernos. Artur Mas sabe que la secesión de Cataluña es algo que no va a ocurrir (probablemente ni él mismo lo desea), pero le viene muy bien que parezca que está al alcance de la mano. Y Rajoy sabe también que no va a ocurrir, pero no le viene mal que se vea como un peligro inminente.

Para ambos es una ocasión estupenda de apelar a las esencias patrias mientras manejan la tijera y practican la doctrina Gallardón, que dice que  “gobernar, a veces, es repartir dolor” (sic).

Es cierto que en la política catalana actual ocurren cosas llamativas (por decirlo suavemente):

Un gobernante (Mas) que después de mantener durante varios meses una sociedad de socorros mutuos con el PP interrumpe la legislatura a la mitad, convoca unas elecciones destinadas a encumbrarle cono nuevo caudillo del independentismo, con el brillanrte resultado de perder doce escaños y quedar prisionero de los que tienen la denominación de origen. El alguacil, alguacilado. Y todo por querer aprovecharse de una manifestación a cuyo carro, por cierto, se subió en marcha y en el último momento.

Un partido (ERC) que no entra en el gobierno pero le impone su programa, dicta su política y se reserva derecho de veto sobre los nombramientos; y cuyo dirigente pretende ejercer como comisario político del gobierno y a la vez reclama que se le reconozca el estatus de  líder de la oposición. Gobierno de lunes a jueves y oposición durante los fines de semana; ya lo hicieron durante el infausto tripartito y ahora se repite la jugada. Mientras les dejen, ellos felices.

Y luego está el caso de nuestro PSC: un partido con vocación de gobierno que ante un problema de esta envergadura se declara abstencionista y lo proclama solemnemente en el Parlamento.

La abstención es una circunstancia que se puede producir en un momento concreto. Todos los partidos se han abstenido alguna vez en alguna votación. Pero la abstención como posición política premeditada (aunque me temo que no bien meditada) y como opción estratégica, es simplemente absurda: es camino seguro hacia la irrelevancia, una dimisión adelantada de la propia responsabilidad.

Antes de las elecciones, por un momento pareció que el PSC estaba dispuesto a ser el único que acudiera vestido de paisano a esta fiesta de disfraces: la alternativa sensata (como decía su lema de campaña) dentro de un debate insensato. Hubiera sido un papel difícil en estas circunstancias, pero muy coherente con la función que siempre ha tenido el PSC como la pieza central en el engranaje de la convivencia en Cataluña y de la presencia de Cataluña en España. Una función esencial en la que, al parecer, algunos fuera del PSC seguimos creyendo más que sus propios dirigentes.

El PSC ha formulado una posición en la que todo pivota sobre la legalidad del proceso soberanista, empezando por la consulta que se quiere celebrar. Si se acepta ese planteamiento, ello conduce a una lógica evidente: cuando lo que se propone sea legal, habrá que votar a favor; y cuando sea ilegal, habrá que votar en contra. Pero anunciar que ante cualquier cosa que se proponga, sea legal o ilegal, tienes la decisión previa de  abstenerte, no responde a ninguna lógica estratégica que se pueda explicar.

Mucho me temo que este error de libro responde a otra lógica: la que dicta, como  tantas veces ocurre en los partidos políticos, la obsesión por preservar a toda costa los equilibrios internos. Algún día  llegaremos a entender que la única forma de mantener los equilibrios internos es tomar decisiones políticas acertadas que la sociedad comprenda y apoye. Hacer cosas incomprensibles para preservar los equilibrios internos arruina la credibilidad del partido y termina por arruinar también los propios equilibrios internos. No hay nada más desestabilizador dentro de un partido que el fracaso político. Y tengo la vaga sospecha de que el medio millón largo de ciudadanos que han votado al PSC en estas elecciones difíciles, no lo han hecho para que se abstenga.

En fin, creo que lamentablemente lo único que va a resultar de todo esto es un poso de división y frustración en la sociedad catalana y más recelo y desconfianza hacia Cataluña en el resto de España. Por no hablar del asombro europeo ante este espectáculo inexplicable en un país al borde de la quiebra. Todo un éxito patriótico, señor Mas.

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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4 respuestas a Cataluña

  1. Carmelo Martínez dijo:

    ¡Me has hundido, macho! Un polemista como yo se ha encontrado con un artículo sencillamente irreprochable.
    Un abrazo y felices pascuas:
    Carmelo Martínez

  2. Carmen dijo:

    En la nueva foto de tu post estás muy guapo.

  3. Carmen dijo:

    Tu “entrada” está re-bien. Ojalá algunos de tu partido te leyeran y se aplicaran. En fin, siempre es una alegría comprobar que sigue habiendo personas inteligentes, que piensan ¡y que saben escribir!.

  4. teofilo serrano dijo:

    como casi siempre totalmente de acuerdo. magnifico ¿se dice post? que recomiendo

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