Modelo de campaña, campaña modélica

 

Finalmente, Obama ha ganado también el voto popular. Por poco. Casi todas las encuestas anunciaban un resultado muy ajustado, y así ha sido. Dentro de eso, la encuesta de ABC-News/Washington Post y la  de Pew Research  han sido las más certeras en sus estimaciones finales, captando el sprint final de Obama para romper el empate.

Una pequeña ventaja en votos que se ha traducido en una amplia victoria en el Colegio Electoral, con más 100 delegados de diferencia si se confirma lo de Florida. Los dos candidatos han cumplido en los estados en los que eran claramente favoritos. Pero Obama ha ganado en ocho de los nueve estados que realmente estaban en disputa, los swing states. De ellos dependía el resultado final y ellos lo han decidido.

¿Por qué en una elección tan igualada uno de los dos candidatos se impone en casi todos los territorios decisivos, en los que se ha librado la batalla de la campaña? Obviamente, esto no ocurre por casualidad. Este resultado es un triunfo del planteamiento estratégico de la campaña de Obama, que ha sabido hacer mejor que su rival dos cosas fundamentales: precisar sus objetivos y adecuar todo su esfuerzo de campaña precisamente al logro de esos objetivos, sin distracciones ni tentaciones. Hacer un plan, creer en él y mantenerlo desde el principio hasta el final: algo mucho más fácil de decir que de hacer en la práctica.

La campaña de Obama de 2008, que para muchos fue la mejor de la historia, pivotó sobre tres elementos:

·      Una fantástica campaña de comunicación emocional, llena de creatividad, destinada a convertir a un candidato inicialmente desconocido en un héroe de nuestro tiempo.

·  La creación –partiendo casi desde cero- de una extraordinaria maquinaria de movilización electoral en los entornos sociales inmediatos y en la red. Un auténtico ejército de cientos de miles de voluntarios aparentemente autoorganizados, pero en realidad orientados con precisión de cirujano a los territorios y a los grupos sociales que tenían que hacer ganar a su candidato.

·      La articulación de una gran coalición social por el cambio: las mujeres, los jóvenes, los negros, los hispanos, los trabajadores más amenazados por la crisis… encajonando progresivamente a los republicanos en el declinante espacio de los wasps (white-anglosaxon-protestant) que históricamente han dominado la política y la economía norteamericanas.

Esta no ha sido –no podía serlo- la campaña de comunicación memorable de hace cuatro años, la de los spots deslumbrantes y los discursos arrebatadores que entonces nos cautivaron. Pero el equipo de Obama ha sido capaz de reactivar y hacer funcionar a pleno pulmón los otros dos pilares de su victoria: la maquinaria de movilización y la coalición social. Ha sido una campaña más difícil, más trabada y también más profesional.

Las campañas electorales modernas –y esta lo ha sido en grado sumo- se parecen cada vez más a las antiguas. Todos hemos visto en las películas americanas de los años 50 al típico candidato subido en lo alto de un coche, hablando con un megáfono a 20 o 30 personas, o llamando a las casas para convencer y pedir el voto familia por familia.

Pues bien, cambian las herramientas técnicas de las que disponemos, pero el concepto de fondo vuelve a ser el mismo. Frente a la comunicación de masas de los años 70, 80 y 90, la comunicación individualizada de hoy, el diálogo directo con cada votante, la sustitución de la gente abstractapor las personas concretas, la presencia física sobre el terreno, la capacidad de convertir a los votantes más entusiastas en verdaderos activistas que se hacen presentes en sus entornos sociales y en la red –descubierta como un gigantesco espacio de automovilización ciudadana que desborda la capacidad de todos los aparatos partidarios.

La campaña de Obama ha identificado perfectamente sus públicos objetivos: los territorios a conquistar, los grupos sociales que hoy, como hace cuatro años, le tenían que dar un apoyo masivo para ganar. Y sobre ellos ha lanzado las más potente maquinaria de movilización electoral que ha existido, creada en 2008, conservada con mimo durante todo este tiempo y reactivada para la ocasión.

Cuando se estudie a fondo esta campaña podremos llegar a evaluar el océano de e-mails, mensajes en las redes sociales, llamadas telefónicas, visitas personales a los hogares, pequeñas reuniones a todos los niveles y en todos los espacios, etcétera, que se han producido en los últimos seis meses. En los estados clave, difícilmente encontraremos un  elector de los target-groups que no haya sido abordado en varios momentos de forma directa y personalizada –y que no haya tenido también la ocasión de transmitir sus deseos y sus preocupaciones, sabiendo que el mensaje llegaría a su destino.

Y todo ello, protagonizado no por los dirigentes políticos, ni siquiera por los militantes, sino por la propia ciudadanía. Por mi amigo, por mi novio, por mi compañera de trabajo: aquellos que no necesitan  acercarse a los ciudadanos porque ya están allí (lo están siempre, con elecciones o sin ellas), actuando como los más eficaces agentes electorales.

A mi juicio, el impacto enorme de esta maquinaria de movilización directa ha sido lo que fundamentalmente ha marcado la diferencia y ha permitido a Obama ganar todos los estados decisivos –en los que, por cierto, se ha conseguido una participación altísima de afroamericanos, de hispanos, de mujeres y jóvenes.

Los republicanos han intentado hacer algo parecido, pero han llegado tarde. Eso sí, en las próximas elecciones veremos no una sino dos grandes maquinarias de movilización compitiendo sobre el terreno -que es como se hacen, repito, las campañas modernas.

Este modelo de grassroots campaign  no es muy visible ni da titulares en la prensa ni cabeceras de informativos de televisión, pero cuando funciona de verdad no hay fuerza mediática que pueda competir con ella. No digo que los medios de comunicación convencionales no sigan siendo importantes; pero sí digo que hace ya tiempo que dejó de ser cierto aquello de que las elecciones se ganan o se pierden en la televisión.

Para nosotros los del PSOE, todo esto trae una buena noticia y una mala.

La buena es que vuelve a ser posible ganar unas elecciones sin muchos apoyos mediáticos (lo cual, dada la orfandad mediática a la que hemos llegado por nuestra mala cabeza, no deja de ser un rayo de esperanza);

La mala es que para hacer eso se necesita una potencia organizativa, una capacidad de penetración y de presencia social, una permeabilidad y una disciplina estratégica que, por desgracia, hoy estamos muy lejos de tener.

Pero más vale que no nos equivoquemos: ese y no otro es el camino a seguir si queremos volver a ser electoralmente competitivos. Seguir  creyendo que todo consiste en que caiga del cielo algún candidato(a) providencial o que nos apoye tal o cual grupo mediático es invertir en melancolía, y ya llevamos demasiado invertido en eso.

No es lo mismo ganar la campaña que ganar las elecciones. Se puede ganar la campaña y perder las elecciones, y viceversa; la historia está llena de ejemplos en ambos  sentidos. Obama y su equipo han logrado ambas cosas: han ganado la campaña y las elecciones. Después de hacer la campaña más brillante en 2008, han hecho la más eficaz en 2012, la única que podía ser ganadora en estas circunstancias.

Y yo me alegro por ellos y por nosotros. Porque no hubiera sido buena cosa que el que se ha convertido de hecho en el líder del progresismo en el mundo hubiera caído con la que está cayendo.

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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