Noche de estreno

Hace unos meses cayó en mis manos un ejemplar de la edición española de Cahiers du Cinema. Era un número monográfico con el siguiente título: Series de TV. Una pasión cinéfila. Y en la portada, naturalmente, el mismísimo Don Draper con la copa en la mano.

No es pequeño el simbolismo de este hecho. Cahiers du Cinema ha sido desde tiempo inmemorial el evangelio de los puristas del cine, la publicación en la que Truffaut y Godard, entre otros, en su día sentaban cátedra y establecían  el patrón y los cánones de lo que debía ser considerado cine de qualité. Como dijo con sorna el cineasta y crítico José María Carreño, Cahiers du Cinema fue la revista que un día nos dio permiso a los progres de este lado del Atlántico para tomarnos en serio las películas del oeste…y desde entonces John Ford, que allí ya era John Ford (o sea, el maestro de los maestros), pasó a ser John Ford también aquí, y empezamos a ver sus películas en reclinatorio y con velita, como lo hacíamos todo en aquella época.

Pues bien, ahora la sesuda publicación nos da permiso para tomarnos en serio las series de televisión. Lo hace con ese tono de estomagante pedantería erudita –tan francesa- que siempre me ha reventado, pero lo cierto es que lo hace, y la cosa tiene su valor tratándose de unos señores tan serios y tan estudiosos.

El caso es que muchos nos habíamos tomado el permiso hace años.  Hoy es ya un lugar común constatar que en lo que llevamos de siglo la mejor ficción audiovisual no es la que se ha visto en las salas de cine, sino en el salón de casa. Hacia las series han migrado muchos excelentes directores y grandes actores y actrices; pero sobre todo, en ellas han aterrizado y han florecido como nunca los escritores de guiones. El cine es territorio de directores e intérpretes; las series son el reino de los guionistas, y ahí están hoy los mejores contadores de historias que existen en el mundo.

Una serie permite a su autor desarrollar la historia sin restricciones de tiempo, dibujar a los personajes con todo detalle, hacerlos evolucionar durante años, recrearse en los escenarios y en los diálogos sin por ello perder el ritmo de la narración…y para el espectador, seguir una serie es algo así como incorporar la historia a tu vida diaria y vivirla con los personajes, hacerte amigo y enemigo de cada uno de ellos, tomar partido y cambiar de partido, formar parte de sus aventuras y de sus desventuras.

Durante siete temporadas he vivido dentro del despacho oval con el Presidente Bartlett y su staff en El Ala Oeste de la Casa Blanca; durante seis, he viajado en el espacio y el tiempo desde la impenetrable e inexplicable isla de Perdidos, una serie en la que nunca sabes bien lo que está pasando pero lo que pasa te fascina aunque no lo entiendas; he participado en las intrigas policiales y recorrido las calles de Baltimore en The Wire , que es cine negro en estado tan puro que la ves en color pero siempre la piensas en blanco y negro; por citar las más recientes, últimamente convivo con los músicos de Nueva Orleans después del Katrina en Treme o con los traficantes de alcohol de Atlantic City en plena prohibición en Boardwalk Empire, en la que se ve de lejos la mano del gran Scorsese. También he podido recuperar la impagable lección interpretativa de Alec Guinness haciendo de George Smiley en El Topo, una adaptación estupenda de la novela de Le Carré que hizo la BBC allá por los años 70.

Y sobre todo, llevo ya cuatro años –y ahora empieza el quinto- siguiendo, pasmado de admiración (y de envidia), la que para mí es la mayor obra maestra del género: Mad Men, ese maravilloso ejercicio de estilo en el que los protagonistas se pasan el tiempo fumando, bebiendo y acostándose con las secretarias, y que mientras tanto nos transporta con perfección y detalle inigualables al Nueva York de los primeros 60  y nos ilustra sobre la condición humana con una extraordinaria galería de personajes que, a medida que crezca la leyenda, pasarán de tipos a arquetipos.

No es posible hallar en ninguna obra fílmica –ni posiblemente literaria- de los últimos años un personaje con la complejidad, la ambivalencia, la apasionante contradicción y la riqueza de matices de este Don Draper, de profesión creativo publicitario de éxito, que a ratos nos da envidia cochina y a ratos compasión, que es a la vez tierno y cínico, frívolo y torturado, pecador compulsivo y amante de la familia tradicional, sórdido en algunos momentos y casi siempre deslumbrante… un enigmático hijo de puta lleno de escrúpulos con un alma llena de curvas y recovecos, a cual más interesante; el tipo al que todos los tíos querrían parecerse y todas las tías tirárselo en pleno arrebato, dentro de un coche o contra una pared, o bien acogerle y protegerle cuando la vida que lleva -la que en el fondo ha usurpado- le hace sufrir.

La ambientación es admirable, todos los detalles están cuidados con mimo –y con un formidable trabajo de recreación de la época; los diálogos, repletos de talento; y luego está la perfección formal. Les invito a que vean cualquier episodio de Mad Men y detengan la imagen en cualquier momento, al azar, especialmente en las escenas corales. Háganlo varias veces, si quieren: comprobarán que cada plano es una pequeña obra de arte, una foto memorable, una especie de cuadro en el que cada detalle -el entorno, los vestidos, las miradas, la posición de los personajes- ha sido pensado, dice algo y sirve para algo.

Llevamos dos años en el dique seco y hoy se empieza a emitir en España la quinta temporada. Confieso que no lo he podido resistir y me la he visto antes (sí, por ese procedimiento en el que están pensando, lo siento). Pero no me importa, esta noche me sentaré ante la televisión con la ilusión de los grandes estrenos. Ya me dirán qué les parece el zou bisou bisou

Hace años escribí una carta a los Reyes Magos contándoles que en mi próxima reencarnación querría ser cantante negra, y mis amigos se lo tomaron un poco a chufla. Bueno, pues aunque no sea negra ni cante tampoco me importaría nada ser J.C. Cregg –qué señora, oiga- y domar a la canallesca como ella lo hace, a base de inteligencia y rapidez de reflejos, desde la sala de prensa de la Casa Blanca en El Ala Oeste.

Y mientras tanto, hablando de guionistas magistrales, en esta vida de mayor me gustaría ser Aaron Sorkin, un escritor con mayúsculas.

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Acerca de Ignacio Varela

Ni guapo ni feo, noctámbulo y cardiópata, moderadamente de izquierdas, ateo y madridista, jugador de bridge, del PSOE desde 1974, electorero, enamoradizo sin éxito.
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3 respuestas a Noche de estreno

  1. Cristina dijo:

    Me encanta la serie….. No soporto a Don D…. Me parece un novio de Barbie esquivo y turbio…. No me atrae en absoluto

    La serie si….
    Ninguna referencia a “A dos metros bajo tierra”?….. Es absolutamente genial

  2. Jimhacker dijo:

    Si que son maravillosas las series que comentas, aunque yo resaltaría dos mas, que además tienen bastante que ver. Una Los Soprano y otra que están pasando ahora la segunda temporada Game of Thrones, por decirlo en plan cursi, aunque opino que todas estas series hay que verlas en versión original, aunque en el caso de the wire hagan falta ayudas. Por cierto que con juego de tronos he conseguido hasta engancharme con los libros.
    Te recomiendo otra bastante buena que no se si han puesto en España que se llama Deadwood, que es un western cojonudo. Tampoco esta mal Roma. En fin la factoría HBO es fuente de inacabables placeres como Band of Brothers para quien guste del cine bélico.
    Todas estas cosas nos ayudan a salir del cutrrío diario de un país que como siga así hara cierta la frase, que en una seríe también inolvidable pronunciaba José Luis de Vilallonga: “A España no se puede venir ni para heredar”

  3. cvd dijo:

    Muy de acuerdo.
    Aunque echo de menos Six Feet Under y sobre todo la mejor
    , LOS SOPRANO!!.

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