El Brexit o la historia de un tory estúpido, un laborista traidor y un fascista engreído

 

Felipe González firmó ayer en El País un artículo que comienza así: “David Cameron pasará a la historia como el político irresponsable que puso en juego el interés general de Gran Bretaña y de Europa para resolver un problema personal y de partido”.

Le ha faltado añadir que esas palabras describen igualmente lo que él mismo hizo hace 30 años cuando convocó aquel insensato referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN. Como no soy sospechoso en lo que se refiere a la figura política de Felipe González y además contribuí a aquel disparate, me parece de justicia reconocer que no es tan infrecuente que los gobernantes caigan en esa tentación de poner en juego algo muy grande con motivaciones muy pequeñas.

No seré yo quien disminuya la gigantesca culpa de Cameron en lo que ha pasado. Ese referéndum jamás debió celebrarse, y su convocatoria pesará sobre su conciencia durante el resto de su vida. Un dirigente corto de vista e infundadamente pagado de sí mismo ha metido a su país, a Europa y al mundo entero en un lío de proporciones colosales y ha comprometido el futuro de varias generaciones de británicos. No habrá juicio histórico suficientemente duro para juzgar el comportamiento de este mequetefre. Lo que me parece increíble es que tenga el morro de quedarse en su puesto hasta octubre en lugar de esconderse en su casa y no salir de ella en mucho tiempo.

El referéndum no sólo era un despropósito por el contenido sino, muy especialmente, por la ocasión. Cuando Europa entera es asolada por un vendaval político de populismos y nacionalismos rampantes; cuando la Unión Europea vive su momento de mayor debilidad política y desprestigio social tras haber equivocado por completo la respuesta frente a la crisis; cuando el temor de los europeos de origen ante la llegada de millones de inmigrantes y refugiados está en su punto de máxima ebullición; y cuando se abren en Europa varias líneas de fractura (entre el norte y el sur, entre el este y el oeste, entre países deudores y acreedores, entre europeístas y eurófobos); justamente este le ha parecido a Cameron un buen momento para poner a prueba la siempre dudosa fe europeísta de los británicos.

El tradicional orgullo nacionalista inglés (que no británico), la rabia de una clase media castigada por la crisis y el pánico de la clase obrera ante la invasión de inmigrantes que vienen a disputarles el empleo y los mecanismos de protección social sólo necesitaban una ocasión para mezclarse en una causa común, hacer reacción y causar un estropicio histórico. El tory que en mala hora ocupó el nº 10 de Downing Street puso en bandeja esa oportunidad.

Pero me duele más aún la negligencia culpable y dolosa de los dirigentes del Labour Party, empezando por su líder, Jeremy Corbyn. Cuando lo eligieron, muchos, dentro y fuera del Reino Unido, pensamos que los laboristas se autocondenaban a una larga temporada en la oposición. Ha sido aún peor: este resultado no se comprende sin la pasividad oportunista de la izquierda británica –representada por el Labour Party y por las Trade Unions-, por una parte engolosinada por la probable derrota de su rival político y por otra acobardada ante la pulsión xenófoba de sus propias bases.

También hay entre nosotros antecedentes de estos comportamientos. En el citado referéndum de la OTAN, Fraga pidió la abstención en lugar de ser consecuente con sus convicciones atlantistas. El 12 de mayo de 2010, en un instante de máxima emergencia económica para España, Rajoy no dudó en poner al país al borde del precipicio con tal de ver a Zapatero rodando por el suelo. Fue un sarcasmo –y una vergüenza para la derecha española- que aquella catástrofe tuvieran que evitarla los nacionalistas catalanes. La ambición de derrotar al adversario político es legítima, pero tiene un límite que debería ser infranqueable.

Así como los tories siempre han sido euroescépticos, el Labour es el partido que más y mejor ha defendido la causa del europeísmo en Gran Bretaña. Pero el Brexit ha triunfado por la desmovilización de las bases laboristas y por el voto masivo a favor del Leave en las zonas de mayor concentración industrial y obrera (excepto Escocia). Si los dirigentes de ese partido hubieran cumplido con su obligación, hoy estaríamos celebrando la permanencia del Reino Unido en Europa. Ya habría ocasión de ajustarle las cuentas al estúpido y presumido tory que jugó con fuego, pero lo primero debe ser siempre lo primero.

No nos extrañemos de que la socialdemocracia europea esté muriéndose. Con las cosas que hace y con las que debería hacer y no sabe desde que empezó el siglo, lo tiene muy merecido. Los partidos socialdemócratas y los sindicatos no sólo han devenido inútiles como instrumentos para frenar al populismo reaccionario y al nacionalismo antieuropeo; sus bases electorales y militantes son el principal granero social del que se están nutriendo esas dos calamidades.

En Gran Bretaña, el Brexit  ha sido posible por el voto de la clase obrera industrial inglesa. El UKIP se alimenta de ese voto. Además, los separatistas escoceses han barrido del mapa al partido laborista, que siempre fue hegemónico en ese territorio. Neofascistas y nacionalistas se comen por los pies al viejo partido de los trabajadores.

En Francia, una parte sustancial del electorado de Le Pen se compone de antiguos votantes socialistas y comunistas: asustados y desengañados por la inutilidad de sus antiguos partidos de referencia, han asumido el discurso de la ultraderecha xenófoba.

Lo mismo está sucediendo en los países del norte de Europa, que tuvieron partidos de masas de corte socialdemócrata y grandes sindicatos que se desangran mientras sus bases sociales alimentan el crecimiento de los nuevos partidos de la extrema derecha.

Y en el sur de Europa, también los populismos pretendidamente izquierdistas de Beppe Grillo en Italia, de Syriza en Grecia y de Podemos en España se expanden gracias a la incompetencia y a la cobardía de los partidos de la izquierda clásica, que se dejan devorar sin hacerles frente -y a veces hasta procuran imitarlos para ver si así les perdonan la vida.

Ya sé que la historia no está condenada a repetirse, pero en estos días no logro desprenderme del recuerdo de que los fascismos europeos de los años 30 del siglo pasado fueron propulsados por el malestar de las clases medias trabajadoras tras una recesión económica global causada por la codicia de los poderes financieros y por la incuria de los gobiernos democráticos de la época.

Con todo, al final siempre aparece el factor humano. Hay muchas explicaciones estructurales, todas válidas e importantes. Pero lo del jueves en Gran Bretaña no hubiera pasado si no hubieran coincidido un imbécil tory llamado Cameron, un laborista traidor, desorientado en el tiempo y en el espacio, llamado Corbyn, y un fascista engreído y embustero llamado Farage.

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Campañas atolondradas

 

Campañas atolondradas

A Joaquín Leguina le gusta citar unos versos del poeta austríaco Erich Fried:

Ocupado en combatir a mi enemigo principal,
me dio muerte por la espalda mi enemigo secundario
.

Esto ocurre frecuentemente en la vida y en la guerra, y constantemente en la política. Nadie está libre de accidentes semejantes, es un riesgo que acompaña a la gestión de la complejidad estratégica. Pero cuando se planifican operaciones tan multidimensionales como una campaña electoral, lo mínimo que se puede exigir –se supone que hablamos de profesionales avezados- es que se sepa quién es el adversario principal, quiénes los secundarios y cómo hacer frente a cada uno de ellos.

A la campaña del PSOE ni siquiera puede serle aplicable el verso de Fried, porque nunca han sabido quién era y dónde estaba su enemigo principal. Les tocó inmerecidamente el gordo de la lotería en las elecciones del 24 de mayo y desde entonces todo lo que han hecho ha sido pegar bandazos y lanzar desordenados golpes al aire. Es la llamada “campaña Toschack”, aquel entrenador galés que se quejaba en célebre ocasión de que sus jugadores se habían pasado el partido “corriendo como pollos sin cabeza”.

Limitemos el análisis a lo sucedido desde el mes de septiembre. Comenzaron identificando como enemigo principal (en realidad, como enemigo único) al PP, ignorando olímpicamente a Podemos y a Ciudadanos como si no estuvieran sobre el campo. La lectura de la “guía de campaña” del PSOE, redactada en aquellos días, impresiona por su ceguera: un planteamiento 100% bipartidista a la vieja usanza, ni una mención a los nuevos competidores: podría haber sido escrita hace cuatro u ocho años.

Pasadas unas semanas, Pedro Sánchez declaró solemnemente que Podemos había quedado definitivamente fuera de la carrera. Y les embargó la preocupación por el ascenso meteórico de Ciudadanos, que, tras haberse merendado a UPyD y haberle quitado cerca de tres millones de votos al PP, amenazaba con seguir el festín penetrando en el siempre frágil espacio del PSOE. Así que se reorientaron los objetivos y el partido de Rivera pasó a ser el nuevo “enemigo principal”. Fue entonces cuando nació el discurso aquel de “las dos derechas”.

Pero he aquí que en la fase final Pablo Iglesias y los suyos resucitaron e hicieron recordar a los de Sánchez otro verso célebre:

Los muertos que vos matáis
gozan de buena salud

Y el PSOE termina la campaña descubriendo a última hora que el enemigo principal, el que amenaza con darle el sorpasso y quedarse con el título de líder de la oposición, es el mismo Pablo Iglesias al que hace sólo un mes habían enterrado prematuramente. Y de ahí sus crispadas exigencias de que salga del armario ideológico (“¡Confiesa que eres un comunista!”) o las apocalípticas advertencias del patriarca de la tribu, Felipe González, sobre el peligro de caer en la taimadas redes de “los falsos revolucionarios”.

Y para completar el cuadro, muchos piensan que el Voldemort que quita el sueño a Pedro Sánchez no es ninguno de sus rivales electorales, sino una mujer poderosa de marcado acento sevillano. Pero esta es otra película que comenzará a rodarse el lunes por la mañana.

De esta confusión inicial sobre los adversarios nacen todos los vaivenes de la campaña socialista:

Sánchez empezó subiéndose jovialmente a la pasarela de la nueva política para competir en esta edición de Operación Triunfo con Iglesias y Rivera; y ha terminado a garrotazos con Rajoy en una de las  escenificaciones más sórdidas de la vieja política.

Comenzó su trayectoria con un brote de adanismo político, abominando de sus antepasados y anunciando con trompetas el nacimiento del “psoe-de-pedro-sánchez”; y ha terminado esta campaña aferrado a las faldas de González, Zapatero y Rubalcaba y apelando, desesperado, a la memoria histórica de los socialistas de toda la vida como último recurso para evitar el naufragio.

Inició la precampaña presentando un rutilante equipo de innovadores asesores independientes para construir un nuevo proyecto, nada que ver con los dinosaurios del viejo aparato partidario; se han evaporado igual que aparecieron, no se ha vuelto a saber de ellos. Termina repitiendo los papeles que le dejó Rubalcaba, defendiendo como un león los logros de los gobiernos de Zapatero y de González y suplicando la compañía de todos ellos en los mítines.

Empezó hablando su propia investidura presidencial y termina anatemizando la de los demás. El tema ya no es con qué votos pretende él pedir la confianza del Congreso, sino con qué votos lo hará Rajoy.

Una campaña electoral es como una superproducción cinematográfica: necesitas un gran estudio que la produzca (el partido), un director que tome las decisiones (el jefe de campaña), una estrella que llene los cines (el candidato), un buen elenco de actores secundarios (los demás dirigentes y candidatos) uno o varios productores ejecutivos que aseguren que todo el tinglado funcione y un ejército de cámaras, fotógrafos, iluminadores, técnicos de sonido, diseñadores de vestuario etc. (el equipo de campaña). Pero todo eso no sirve de nada si no hay una historia que contar: un guión. Sin guión no hay película. Si te tienes que inventar el plan cada mañana en función de la última encuesta o del titular del periódico del día, tienes actividades de campaña pero no tienes campaña. Eso es exactamente lo que le ha pasado al PSOE.

El caso de Ciudadanos es igualmente desdichado, pero distinto. El partido de Rivera si tenía un guión, pero ha resultado ser el guión equivocado. Confió en que la inercia de la ola favorable le llevaría hasta la orilla sin arriesgar nada: justo lo contrario de de lo que se espera de un partido emergente el 100% de cuyos votos (de momento, sólo intenciones de voto) son prestados y que, precisamente por eso, está obligado a mostrar arrojo. Y además, porque se ha dejado atrapar en el diabólico laberinto de las alianzas. Primero, anunciando que no apoyará a nadie salvo a sí mismo, decepcionando así a los centristas que lo veían como un elemento a la vez renovador y estabilizador; después permitiendo que Rajoy agitara el fantasma del “pacto de perdedores”, lo que ha inoculado la sospecha en los votantes procedentes del PP. Y en el último momento, confirmando –para espanto de los procedentes del PSOE- que no moverá un dedo para impedir que gobierne Rajoy.

Y el PP también tenía un guión y lo ha ejecutado con profesionalidad, pero con el enorme hándicap de un candidato tóxico y de su lamentable gestión de los debates.

En realidad, PP y PSOE comparten en estas elecciones un serio problema con sus liderazgos respectivos. En un confesionario donde nadie los escuchara, todos los dirigentes del PP admitirían que con otro candidato que no fuera Rajoy estarían mejor de lo que están y tendrían el ansiado 30% -o quizá más- al alcance de la mano. Y en ese mismo confesionario, la inmensa mayoría de los dirigentes socialistas reconocerían que Pedro Sánchez ha sido un error. Dos líderes que, por motivos distintos, no son creídos ni queridos por los suyos: el fino olfato ciudadano siempre huele estas cosas.

He dicho muchas veces que no es lo mismo ganar la campaña que ganar las elecciones. En esta ocasión, el que ha ganado la campaña de largo –Podemos- probablemente no ganará las elecciones, aunque tendrá una suculenta recompensa. Y en cuanto a los otros tres, lo bueno que obtengan en las urnas no será precisamente por el acierto de sus campañas atolondradas.

 

 

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Jorge Fernández Díaz en “La Nación”: Peronismo cool para españoles calientes y argentinos tibios.

Jorge Fernández Díaz es un brillante columnista político argentino. Hoy, en el diario “La Nación”, hace un certero anáisis del nuevo populismo español en relación con el que gobierna en países como Argentina y Venezuela. Transcribo la parte del artículo que se refiere a España y les aconsejo que no se lo pierdan:

Para acabar con lo malo miles de españoles parecen dispuestos a dinamitar lo bueno. O como dicen los franceses, son capaces de arrojar al bebe con el agua del baño. Entre los grandes inspiradores de este malentendido que impulsan nuevos dirigentes y viejos indignados, están el feudalismo kirchnerista y la revolución bolivariana. Como todo el mundo sabe, nada mejor que la Argentina y Venezuela para dar cátedra sobre el combate contra la corrupción, la lucha contra las castas y, sobre todo, la buena gestión económica. Durante años la España moderna, ejemplo progresista del Estado de Bienestar y del respeto por las libertades individuales, fue un faro para los argentinos. Su sistema bipartidista, imperfecto como toda empresa humana, pero esencial para la cohesión y el rumbo de cualquier país, le permitió alcanzar esa gloria que admirábamos desde nuestra eterna impericia financiera y desde nuestra decadencia institucional de partido único.

Sin comprender del todo que la economía está formada también por malas rachas, como un niño rico a quien le han rayado el coche y monta en la histeria de incendiarlo, muchos españoles tienen decidido que el culpable de sus desgracias no es la economía (estúpido) sino el sistema de partidos políticos. Ni es el laberinto tiránico del euro (pernicioso cambio fijo) en el que se metieron alegremente sin medir las consecuencias, sino la democracia tal y como se concibió en el Pacto de la Moncloa. Para subirse supersticiosa y sentimentalmente a la novedad, muchos artistas españoles ya han comenzado a proclamar que todo fue un fraude, y es difícil encontrar ciudadanos públicos capaces de admitir hoy que con ese sistema aberrante España vivió décadas de esplendor.

Los conservadores y los socialistas no son, por supuesto, inocentes del mal momento que atraviesa la Madre Patria. Unos por mediocridad y los otros por cobardía, y ambos por venalidad escandalosa y endémica, son responsables de esta crisis y del crecimiento de Podemos, que está al tope de todas las encuestas. Pero negar los años de bonanza y anatemizar a toda la política con la palabra “régimen”, hace acordar a lo peor del populismo bananero. Claro, ese discurso demagógico y tajante resulta mucho más cómodo que entrar en los partidos, dar las batallas internas necesarias y alumbrar un plan coherente para detener los desahucios, generar empleo y revitalizar el consumo. Nadie tiene allí un programa creativo y consistente, y millones de españoles siguen sufriendo.

Miembros de Carta Abierta y dirigentes del cristinismo (gracias a la mediación de Facundo Firmenich) son consultados por la cúpula de Podemos. Su líder es un politólogo bienintencionado que se llama Pablo Iglesias. No se sabe cómo logrará hacer populismo con las arcas vacías, puesto que España ni siquiera cuenta con soja y petróleo, y tampoco se sabe cómo Iglesias conseguirá practicar kirchnerismo sin caer en los pecados de su praxis. Tarde o temprano sus asesores sudamericanos le irán explicando que hablar de honestidad es de derecha, que para sostener los ideales hay que financiarlos como sea, que es necesario formar una casta propia para evitar que el enemigo arme la suya, y que la única manera de librar esta lucha es formando caja, comprando voluntades, dividiendo al país en pueblo y antipatria, y destruyendo a los medios de comunicación. Tengamos esperanzas: tal vez Iglesias no escuche estos cantos de sirena, abandone los libros de Laclau que tanto admira y finalmente imponga una variante eficaz del estilo democrático europeo. Habrá que abrirle un crédito y ver qué pasa. Pero lo real es que los argentinos queríamos subirnos al tren español que nos llevaría a la victoria, y que al final nos quedamos en esta triste estación de la chapucería nacional. Y que ahora los españoles quieren imitarnos en el fracaso creyendo absurdamente que obtuvimos un gran éxito.

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Ya está aquí el choque de trenes: Cataluña en España. Por Luis Martín de Dios.

Lo que van a leer a continuación no lo he escrito yo. Es una reflexión y a la vez una queja conmovedora de Luis Martín de Dios: sociólogo, pensador, humanista en el mejor sentido de la palabra y una de las mentes más profundas y lúcidas que he conocido en mi vida. Un madrileño que habita tanto en Madrid como en Barcelona y que en este texto escribe lo que piensa y lo que siente en estos días trágicos para la convivencia.

YA ESTÁ AQUÍ EL CHOQUE DE TRENES: CATALUÑA EN ESPAÑA

Durante meses, en todos los ámbitos de la política española se venía repitiendo hasta la saciedad que había que evitar a todo trance el choque de trenes; pues bien, a mi juicio, hoy el choque de trenes ya se ha producido. Como madrileño residente a temporadas en Barcelona, desde donde escribo, contemplo entre asombrado, escéptico y muy cabreado todo lo que se va sucediendo y me pregunto, no sin creciente temor, qué nos espera durante los próximos meses y semanas.

Y entiendo que se ha producido el maldito choque institucional porque el Gobierno, como no podía esperarse menos de cualquier gobierno de cualquier color, obligado a la defensa del Estado, le ha hecho ver al President de la Generalitat y a todos los que le siguen –que ciertamente son muchos- que ni un paso más en la dirección emprendida y que no se puede dedicar por más tiempo ni con mayor insistencia a pilotar –gobernar- lo que no es legalmente objeto de su gobernanza.

Es muy sencillo, señor Mas: usted no ha sido elegido por los ciudadanos españoles –en este caso catalanes- para decidir sobre su futuro colectivo –el de los ciudadanos- como parte o no de España; nadie le ha dado vela en este entierro. Dedíquese a gobernar la sanidad, la educación, los servicios públicos y no sus ridículas oficinas en el Exterior (¡Qué bochorno!), dedíquese a gobernar lo que es constitucionalmente objeto de su gestión y deje de una vez por todas de sacar los pies del plato y de proclamarse cabeza de un clamor ciudadano independentista que en absoluto le ha elegido a usted como líder del movimiento en cuestión.

Usted, lo quiera o no, forma parte del Estado español y sólo de su pertenencia a él cobra  su legitimidad política y jurídica. ¡Deje de morder la mano que le da de comer! ¿Pero quién se ha creído que es? Deje de sacar pecho, deje su ridículo papel de hombre bajito -siempre de puntillas- y ceda el liderazgo independentista a quienes con más acierto y decisión han sostenido vivo y encendido el objetivo político real, la independencia de Cataluña. La ley española –o la catalana- no le avala para ese liderazgo y su cinismo al autoirrogárselo oscila entre lo ridículo, lo patético y lo trágico.  ¡Quítese de en medio, señor Más, deje de estorbar a unos y otros! ¿Es que no se da cuenta verdaderamente de que para el Gobierno de Madrid –y para muchísimos españoles- es usted un moscón zumbón y molesto –ya sabe, una mosca interinquinal- y de que para los catalanes –tanto más si más independentistas-, lejos de ser usted la solución es justamente el estorbo, el lastre, el problema, el tonto útil en el mejor de los casos?

Nada tengo contra usted como persona, créame, ni mucho menos contra el cargo que ostenta como muy honorable President de la Generalitat catalana; y no soy yo quién para ejercer críticas contra la cabeza democrática de una institución que respeto y cuya afrenta yo mismo no toleraría. No. Es contra su figura política, señor Mas, que, como cualquier otra, puede, debe y tiene que ser objeto de crítica. Y esta es la mía: con pretender ser David, corre Vd. el riesgo de dar en Pulgarcito, un pulgarcito dispendioso, explosivo y pertinaz, eso sí, pero autor eficaz de la total trituración del sistema de partidos en Cataluña; en este punto no hago sino sumarme a las muy sensatas –y más que sensatas- opiniones de Javier García Fernández en su reflexión publicada en El País  (http://t.co/LKOgzrkDGy- La agenda política del 10 de noviembr ).

No. No. El choque de trenes ni siquiera lo ha producido usted, sino el verdadero líder natural del independentismo catalán, el señor Oriol Junqueras, que no hace de la independencia un uso puramente tacticista, como lo hace usted mal que le pese, sino un lícito uso estratégico. Mire, señor Mas, la cosa está muy seria, el lío es muy gordo; se lo ruego: deje de estorbar y de andar por en medio con sus pacatas ideas de legalidad democrática a su medida y su anunciada astucia, que más parece provinciana zorrería. Usted no ha producido el choque de trenes porque carece de relevancia política y de capacidad de liderazgo para producirlo.

El choque de trenes lo han producido, lo están produciendo, el señor Rajoy y el señor Junqueras, el Gobierno de la Nación y la tradición política del independentismo catalán representada desde hace mucho tiempo por Esquerra Republicana de Catalunya. Eso es coherente, es real y políticamente pertinente, y además se entiende; la izquierda que duda (Iniciativa) o se le adhiere (CUP) son sólo compañeros de viaje que de forma bobalicona o interesada -¡quién sabe!-, pero de forma siempre ingenua, no parecen quererse enterar y asumir que el nacionalismo es, por definición y por tradición, de derechas; y que, cuando la izquierda muta en nacionalismo, se transforma en stalinismo o en nazismo o en cesarismo musoliniano o franquista, o sea en derecha.

Dicho más claramente: porque Esquerra es con coherencia un partido independentista (nacionalista), no es un partido de izquierda por mucho que lo proclame sus nombre. Esquerra se apoya en la tradición pequeñoburguesa y para nada en la defensa de los intereses de clase, que es lo que en última instancia y desde siempre caracteriza a la izquierda. Pero que Esquerra carezca de un tuétano izquierdista en absoluto quiere decir que hasta la fecha sea un partido fascista carente de sustancia democrática, por mucho que las manifestaciones masivas maquinalmente uniformadas de amarillo (como las camisas pardas, las azules, las negras, todas de tan triste memoria) despidan un tufillo inquietante y sospechoso.

Hablemos claro: Esquerra quiere, con toda legitimidad, la independencia de Cataluña; y yo, madrileño, español y de izquierdas, con idéntica legitimidad, no la quiero. Pero ellos y yo coincidimos en algo sustancial: ambos amamos Cataluña, fuera de España (ellos) o dentro de España (yo), pero ambos la amamos y no consiento que, por quererla yo dentro de España, se piense que mi amor es menor que el de los que la quieren fuera ¿Estamos?

Y ese sentimiento mío es, no se olvide, el de al menos esa mitad de la población catalana que, por acción u omisión, como yo, tampoco quiere un Cataluña fuera de España y con ello una España dolorosamente amputada. La mitad de los catalanes se entusiasma –están en su derecho y su entusiasmo es envidiable- y la otra mitad sufre, teme.

¿Se entiende en el resto de España el drama al que estamos asistiendo, el de la fractura de esta sociedad en dos actitudes tajantemente opuestas? ¿Estamos siendo los españoles de verdad solidarios con esos catalanes que, por una u otras razones, no se suman a la marea independentista? ¿No les estamos dejando solos? ¿Qué motivos racionales y qué argumentos sentimentales les estamos ofreciendo para que deseen de verdad seguir siendo españoles?

A unos –con el señor Junqueras a la cabeza- les conduce la esperanza y el entusiasmo; y a los otros ¡Ay! sólo el temor y la soledad. Alegría frente a tristeza, he ahí el drama catalán. ¿Pero sólo catalán o de España en su conjunto? Por que ¿qué me ofrecen a mi la España y la Europa de hoy para desear seguir siendo español y europeo? Bien mirado, y a fuer de sincero, a lo mejor yo también quiero separarme, yo también quiero el entusiasmo, la esperanza y la alegría, yo también quiero dejar atrás ¡como sea! la desesperanza que nos posee. ¿Traduce el Gobierno de la Nación ese sentimiento compartido de dolor y temor de los catalanes no independentistas o se dedica simplemente a defender el Estado, como, por otra parte, es su obligación? A los tristes les brinda amparo, es verdad, pero sin esperanza, para seguir como hasta ahora.

Señor Junqueras, por favor, entienda usted que yo también tengo sentimientos hacia Cataluña y, al menos en mi caso, profundos, de largo recorrido en mi vida y de muy extenso alcance. Usted quiere la independencia ¿verdad? Pues bien, yo no la quiero. En esas estamos ¿verdad? No me venga con anestesias y pretextos bobos o cínicos de pretendida normalidad democrática. No hay un solo país en el mundo al que se le pueda pedir la amputación sin dolor, sin protesta, sin resistencia. No hay un solo país en el mundo que pueda prever legalmente que una parte de su población, por las buenas, pretenda decidir “democráticamente” su secesión. No lo hay y usted lo sabe.

Esquerra no pretende transformar las relaciones de clase, sino obtener un régimen político simplemente homologable por el resto de Europa (que, bien mirada, de ser una esperanza, un proyecto y una utopía, se ha convertido en un chato y casposo mal menor –al menos no hay guerras europeas- controlado por una burocracia internacional torpe cuando menos).

Porque, claro, esto es lo que hay que entender: ni el Gobierno del PP ni la Burocracia Comunitaria, controlada por la derecha, son capaces de ofrecernos una idea de futuro, una promesa de salvación, una utopía, un proyecto, una ilusión. Esquerra Republicana, sí, la ofrece. Miren, ¿saben lo qué les digo? paren, que me apeo. Señor Junqueras, yo también quiero votar y separarme –independizarme- de tanta incuria y desesperanza. Yo también quisiera participar con usted de una independencia –aparente, sólo aparentemente- ilusionante. Los españoles debemos enterarnos de una vez: una parte de nosotros, una parte de Cataluña, tiene un sueño, acaricia un futuro, anhela, se moviliza. Yo no estoy de acuerdo –estoy en contra-, pero es bonito y a mi me da envidia. Es respetable. Una hermosa respetabilidad que el señor Mas diluye y enrarece con sus trapacerías.

El Sr. Junqueras, que no deja de crecer en las encuestas, no deja de repetir que su voluntad es pacífica, que quiere a los españoles -¡coño, si somos sus compatriotas!- y así esboza un futuro de entendimiento, fraternidad, convivencia y buena vecindad. Sospechosamente son muchas las cosas que el señor Junqueras espera que no cambien con la independencia, que sigan siendo igual: el Barcelona jugará en la liga española, las empresas catalanas conservarán sus pingües relaciones económicas con los mercados españoles, el castellano seguirá siendo lengua cooficial en Cataluña y así sucesivamente… pero Cataluña será otro país, un país ahora extranjero, formal, jurídica y políticamente extranjero, extraño. Casi nada.

El objetivo es plausible, pero las idílicas consecuencias asociadas a él son perfectamente ingenuas o cínicas. Inimaginables en cualquier caso. Y es que aquí tocamos fondo: los nacionalismos -¡todos!- son de derechas y toman como norte y punto de referencia lo que es distinto (la tierra, la cultura, los modos de vida) y no lo que es igual (la condición humana, las relaciones de clase, la pobreza y la riqueza).

Detrás de todo nacionalismo se agazapa la idea de que lo nuestro es distinto y, aún más, mejor. A Cataluña le sale cara España; es verdad. A Madrid, también. Y a California le sale caro Mississipi y no por eso quiere independizarse de la Unión.

A ver, señores de Esquerra, ustedes saben que en todos los países del mundo hay zonas más ricas y que pagan y zonas más pobres que reciben. Esa es la sustancia del Estado como pacto entre los hombres: corregir desigualdades, redistribuir los recursos, alejar así a la especie humana -¡avanzar en el vector de la hominización!- de las despiadadas y ciegas diferencias que la Naturaleza trata de imponer. Avanzar en la libertad es avanzar y vencer contra la ciega necesidad a la que la Naturaleza parece empeñada en obligarnos: comer o ser comido. Es una vieja noción de libertad alumbrada desde la izquierda que la derecha ha negado por sistema. Así que ustedes, señores de Esquerra, no se empeñen en lo contrario. Ustedes se atienen a un principio tan reaccionario o insolidario como el de la indignante Republica Padana. En fin, en una Cataluña hipotéticamente independiente nos encontraremos a la postre con que El Vallés se sentirá saqueado por, pongamos, La Plana de Vic y será razonable entonces que aquel se sienta expoliado por esta; la Vall d’Arán reclamará su independencia y el respeto de su lengua y sus tradiciones y así sucesivamente. ¿Dónde esta, pues, el límite, Sr. Junqueras?

La realidad histórica evidencia que estos asuntos de rupturas y separaciones territoriales se plantean casi siempre como emergencias revolucionarias, como fracturas casi siempre violentas del “status quo”; vamos, que normalmente se ventilan con las armas en la mano o no se ventilan en absoluto. ¿Es  consciente de ello, señor Junqueras? Mire, casos como el de Noruega o el de Eslovaquia son excepciones, no reglas. ¡Tenga la valentía de mirar a los Balcanes! Así que no me venga  con sus milongas democráticas y su voluntarismo pseudohumanitarista, porque los nacionalismos son justamente la negación de la noción misma de Humanidad, que no distingue, por definición, de fronteras, diferencias y separaciones. No me hable de “derecho a la autodeterminación”, no vaya a ser que La Seo d’Urgell o Tortosa se levanten mañana con apetencia de separarse y con el derecho a fundar un imperio al más puro estilo incaico. ¿Les va usted a reconocer, a su vez, el derecho a la autodeterminación en tal caso? ¿O , como político razonable, se va a oponer al despropósito? ¿Verdad que sí?

Sólo las guerras de liberación de los colonialismos -¡guerras sangrientas!- pudieron tener un marchamo de razón, de verdad y de lógica política ¿O es que sostiene usted que España es una potencia colonial que tiene invadida Cataluña cual Bélgica tuvo el Congo, por citar un ejemplo sonado? ¿Verdad que no? Así que, Sr. Junqueras, no le dé más vueltas y proclame de una vez: ¡ciudadanos, a las armas, la patria os llama! Aunque, claro, usted sabe muy bien que los ciudadanos no sienten jugarse tanto en el envite independentista como para poner en riesgo su paz y su prosperidad; no, por ahí no le van a seguir, porque no merece la pena arriesgar tanto por tan poco. Porque, a pesar de la despiadada crisis del sistema, en Cataluña hay prosperidad y paz. No hay más que darse una plácida vueltecita en un día de sol por la Rambla de Catalunya o tomarse un cafetito en Rius i Taulet un domingo por la mañana. Y es ese contexto de prosperidad y bienestar el que les permite a usted y a su partido juguetear frívolamente con las esperanzas de tantos nacionalistas de buena fe, porque están convencidos de que, en un tal contexto, la sangre nunca va a llegar al río. Perdone, señor Junqueras: la sangre sí que puede llegar al río y, si llegase, se descubriría que, sin querer –quiero creer que sin querer, porque es un hombre cabal y de buena fe-,  usted ha estado cargando las pistolas.

El choque de trenes se ha producido porque usted propala medidas bélicas que le descubren: no pagaremos la deuda catalana y España –el enemigo, dígalo clarito- irá a la quiebra. Esa es una declaración de guerra y la llamada a la desobediencia civil no es otra cosa que una estrafalaria propuesta de revolución sin pistolas. La verdad, se lo pone fácil al Sr. Rajoy en su consabida, pero imprescindible, defensa del Estado de derecho ¿Quién no actuaria como él, que, por otro lado, está haciendo gala de una prudencia y un tacto político exquisitos para contener la crisis sin que las aguas se salgan de su cauce? Y el caso, señor Junqueras, es que a usted le asisten razones, ya lo creo.

Aquí va a salir mi afecto y mi admiración por Cataluña; ya verá. Esos del otro lado que niegan a Cataluña su entidad como país, como nación, como patria o –sobre todo- como cultura, muchos de la derecha cerril, no se quieren dar cuenta –o simplemente se niegan a ello tozudamente- de la que es una evidencia histórica; son los que desearían que el catalanismo quedara en inocua expresión folklórica de juegos florales, sardanas y castellers (ya salió otra vez el Sr. Mas….), equiparable a las expresiones culturales de otros lugares de España.

Y no. No es eso. Cataluña es más, mucho más y hay que reconocerlo con honestidad y –en esto sí, no en la amputación- con alegría: ¡Mejor para todos, mejor para España! Y este es el problema verdaderamente: por mucho que se empeñen tirios y troyanos, Cataluña no es lo mismo que Madrid, que Extremadura, que León; y ya es hora de reconocerlo, proclamarlo y darle conformación jurídica.

Es verdad, señor Junqueras, Cataluña es España por accidente, porque el hijo de Fernando de Aragón y Germana de Foix falleció; de haber sobrevivido aquel niño, es razonable creer que hoy Cataluña no sería España. La españolidad de Cataluña es accidental; la de, pongamos, Asturias no lo es, como no lo es, por cierto, la del Pais Vasco. Bueno ¿Y qué? Es accidental, pero es; y es un accidente de hace tanto tiempo que la convivencia ha fraguado en esencial lo que hace tantos siglos fue sólo un accidente dinástico.

Cataluña es España por accidente, pero es España. Y es esto, creo yo, señor Junqueras,  en lo que tenemos que ponernos de acuerdo usted y yo, todos nosotros. Los españoles, pero todos, no sólo los de Cataluña, debemos ponernos de acuerdo en reconocer que Cataluña, con ser España, lo es de otra manera. Es exigible ese reconocimiento, ¿verdad que sí? Y es obvio que hay muchos en España que se niegan a él. Pues bien, hay que convencerlos, hay que ganarlos para esta causa; es en esa brecha donde hay que dar la batalla, es ese el objetivo político hacia el que usted y yo –un madrileño descendiente de castellanos viejos- debemos caminar juntos.

Ahora se habla de federalismo asimétrico como solución. Y digo yo, ¿para qué quieren La Gineta, Peñafiel, Reinosa e incluso Rentería ser territorios federales? ¿Es que el sentimiento autonómico ha calado en las conciencias de los españoles después de tantos años? Vaya a Toledo y pregunte a cualquiera si se siente de verdad castellano-manchego. No. Hay unas regiones históricas, como en toda Europa, y, como tales, ya han encontrado expresión suficiente en el Régimen actual. España, de hecho, es ya un estado casi federal o más que federal, al menos si se compara con una Alemania. Así que la expresión “federalismo asimétrico” elude el verdadero problema, pone el acento en lo federal –que es inane en la práctica- y debilita el segundo término, el verdaderamente importante: “asimétrico”. Porque asimétrico significa ni más ni menos que Cataluña y pare Vd. de contar.

Ese es el paso a dar y el objetivo político: hacer entender a todos los españoles que Cataluña es otra cosa distinta del resto y que como tal debe y tiene que quedar encajada en España. Cuál sea la expresión jurídica e institucional de la diferencia es algo que ahora se me –se nos- escapa, pero eso es lo que hay que debatir e imaginar. El mejor líder político será en España quien mejor sepa concretar y gestionar la diferencia catalana. De momento hay algo obvio y desolador: ni el prudente señor Rajoy ni el fotogénico señor Sánchez son los líderes llamados a una tal tarea; habrá de surgir quien sea capaz de hacer tragar de buen grado a los españoles, catalanes incluidos, separatistas también, esta píldora-milagro del mutuo cariño y la convivencia en común: Cataluña es España, pero es otra cosa además.

Por favor, Sr. Junqueras, ayúdeme. Mire que nos jugamos mucho en esto.

Luis J. Martín de Dios

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Manuel Valls, juegos de palabras

El primer ministro francés, Manuel Valls, propone una renovación a fondo de las posiciones políticas de la izquierda, abandonando lo que él llama “la izquierda anticuada, que se aferra a un pasado superado y nostálgico”.

Pasemos por alto el hecho de que el pasado, por definición, siempre está superado (porque si no no sería pasado), y que se puede sentir nostalgia por él, pero el pasado en sí mismo no puede ser nostálgico. Es una muestra más de la ignorancia de la mayoría de los dirigentes políticos y de su manía de destrozar el idioma con construcciones gramaticales imposibles y con frases hechas sin detenerse a pensar lo que significan (por ejemplo, aquí los líderes(?) socialistas  hablan todos los días de “ayudar a la dependencia”, lo que no me parece especialmente deseable, y acusan al gobierno del PP de “reducir o acabar con la dependencia”, lo que más bien, tomado literalmente, sería algo digno de elogio).

Valls lleva sus impulsos modernizadores al punto de no descartar que se pueda suprimir la palabra “socialista” para definir a la “nueva izquierda”. No me produce ningún escándalo especial: si no hay ideas sagradas, mucho menos hay palabras sagradas. El socialismo es una referencia ideológica, histórica y cultural muy potente de la que se podría prescindir, siempre que exista una alternativa mejor y al hacerlo no se pierda más de lo que se gana.

Pero si hablamos en serio, hablemos en serio. La alternativa al socialismo como posición ideológica no puede ser, como propone Valls, una izquierda “pragmática, reformista y republicana”.  Y no puede serlo, simplemente, porque ni el pragmatismo ni el reformismo ni el republicanismo son posiciones ideológicas, sino actitudes que pueden ser compartidas por cualquier persona en cualquier lugar del espacio ideológico.

Un conservador puede ser pragmático, reformista y republicano exactamente igual que puede serlo un progresista: de hecho, la historia está llena de líderes muy de derechas que han sido pragmáticos, reformistas y republicanos: Ronald Reagan fue esas tres cosas, como lo fue Konrad Adenauer en Alemania o el propio De Gaulle en Francia.

Así pues, en el planteamiento de Valls pueden pasar dos cosas: o tiene una empanada mental importante y mezcla churras con merinas, o la cosa tiene trampa y en realidad lo que  está vendiendo es una nueva versión del fin de las ideologías.

O puede ser simplemente que se trate de un discurso oportunista más, destinado a sugerir que gentes de su partido como Martine Aubrey no son ni pragmáticos, ni reformistas ni republicanos. Lo que, por decirlo suavemente, me parece un exceso, pese a que comparto unas cuantas (no todas) de las cosas que está queriendo hacer Valls (que, por cierto, ha oscurecido por completo al ya de por sí oscuro François Hollande, quien si no me equivoco sigue siendo el presidente de una república presidencialista y anda escondido entre los matojos, poniendo a su primer ministro por delante para que le partan la cara).

Por lo demás, no sé yo si la izquierda francesa (de la española ya hablaremos) está como para permitirse el lujo de prescindir de nadie. De hecho, dividir y diezmar las tropas propias cuando se nos echa encima el monstruo populista no me parece que sea muy pragmático, ni reformista ni republicano; más bien me parece una estupidez.

Puestas así las cosas, es muy difícil mantener un debate ideológico que merezca tal nombre. Porque para ello se necesitan dos cosas: respeto por los hechos y rigor en el uso de las palabras y de los conceptos. Ninguna de esas dos cosas está presente en las declaraciones de Valls, que tanta polvareda han levantado.

Y es que me temo que sólo pretendía eso, levantar polvareda.

 

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El Ala Oeste de la Casa Blanca, 4ª Temporada, Episodio 8. Real como la vida misma.

El contexto:

Noche electoral en la Casa Blanca.

El Presidente Bartlet ha estado a punto de no presentarse a la reelección, ya que padece una enfermedad degenerativa que ocultó en su momento y eso hundió su popularidad. Pero finalmente decidió hacerlo y ha ganado su segundo mandato con una amplia victoria, tras una campaña difícil. Una campaña en la que, además del candidato, ha habido dos personajes clave: Leo McGarry, Jefe del Gabinete de la Casa Blanca y su hombre de mayor confianza, y el consultor independiente Bruno Giannelli, verdadero artífice de la estrategia ganadora.

Primer Acto

J.C, Cregg, Jefa de Prensa y Portavoz de la Casa Blanca, está en su despacho, tomando unas copas de celebración con parte del eufórico equipo presidencial. En un momento dado mira a la televisión y pide silencio: todos contemplan asombrados cómo un tipo totalmente desconocido está en plena entrevista, relatando con todo detalle cómo condujo al Presidente a la victoria con una estrategia acertada y un buen plan en algunas cuestiones decisivas, como la energía.

Alguno de los presentes lo identifica como Chris Whitaker, un oscuro encuestador que Giannelli contrató para tratar los datos de las encuestas en un par de condados.

J.C., indignada, se dirige al salón en el que tiene lugar la fiesta de celebración. Allí está Bruno Giannelli, con una copa en la mano y entretenido en amena conversación con una joven invitada, con el evidente propósito de que la conversación resulte tan interesante que se pueda continuar más tarde en el dormitorio de uno de ellos.

J.C. interrumpe la charla, se aleja unos metros con Giannelli y le pregunta:

-¿Conoces a un tipo llamado Chris Whitaker?

– ¿Widdle?

-Whitaker.

-¿Witkenstein?

-¿Estás borracho?

-Sí, un poco.

-Chris Whitaker.

-Es un encuestador, lo contraté para el Condado de Cook.

– Está en la televisión atribuyéndose el éxito de tu estrategia sobre la energía y sobre no sé cuántas cosas más.

-Witkenstein?

-¡Bruno, por favor…!

-¿Y a mí qué me importa?

-Deberías hablar con los periodistas. Tienes derecho al mérito que te has ganado.

-Lo único para lo que me interesa hacer méritos ahora mismo es para lo que estaba haciendo-

-Voy a vigilar a ese tipo.

-No tienes por qué vigilarlo.

-Te lo debemos.

-No, ya me han pagado. Pero gracias, voy a seguir charlando con Ashley.

-Voy a vigilar a ese individuo.

-Y yo voy a charlar con Ashley.

Segundo Acto

Ha pasado un rato y la fiesta continúa. Ahora Bruno Giannelli trata de entablar amistad con una morena aún más joven y atractiva, y la conversación va subiendo de temperatura a muy buen ritmo. Pero J.C. Cregg, aún indignada, interrumpe de nuevo:

-Bruno, ¿tienes un minuto? –le dice, tomándole del brazo.

Bruno la sigue, farfullando: “te voy a matar”. Ella vuelve a la carga:

-Witkenstein.

-No me lo puedo creer…

-Está haciendo la ronda de todos los medios.

-Bien, déjale que disfrute…

-Voy a filtrar las notas de la campaña.

-Mira, no está mal que este buen hombre cuente sus historias. No sabe nada, y le durará poco.

-Me da igual. Podemos…

-J.C….

-Sé cómo hacer esto, desmontar la historia falsa y restablecer la verdad.

-Mírame, J.C.

-¿Qué?

-Hemos ganado, esto se ha terminado.

-Mira, Bruno, en la encuesta que hicimos después de que se desvelara la enfermedad, el Presidente perdía por 9 puntos frente a Ritchie. Hoy le hemos ganado por 11 puntos. Y lo has hecho tú.

-Siempre ayuda cocinar con una buena materia prima. Pero mi contrato con la campaña de Bartlet ha expirado esta noche. Ahora soy un simple contribuyente, tengo cosas más importantes que preocuparme de quién se cuelga la medalla del éxito y preferiría que la Casa Blanca no se meta más en este asunto.

-Vale. Oye, si te apetece pasar por mi oficina, ahí tenemos la destiladora.

-Ya os he oído, ahora me acerco.

-De acuerdo.

-Y hablando de méritos…

-¿Sí?

-Bonita victoria, J.C.

Tercer acto

J.C. Cregg sigue en la fiesta y escucha a sus espaldas la voz de Whitaker, rodeado de periodistas y presumiendo de nuevo de su papel decisivo en la campaña:

-…Eso le dije a Leo McGarry, que la educación era el tema clave. Eso era lo que decidía la elección. Por eso fuimos adelante con la propuesta de reducir los impuestos a la clase media, además de la deducción del 100% de las matrículas…

J.C. Cregg se gira e interrumpe el discurso de Whitaker.

-Perdona. Eres Chris Whitaker, ¿no?

-Sí.

-Gracias. Gracias, gracias, gracias, gracias.

-Bueno, gracias….

-No, por favor. Estamos todos impresionados por tu enorme influencia en la campaña, sobre todo teniendo en cuenta que jamás te habíamos visto antes. Pero lo que más te agradezco es que desvíes la atención de las interioridades de la campaña y la pongas donde corresponde, en la elección misma. Esa es la historia que todo el mundo desea escuchar. Me gusta, veo que estás haciendo esa labor; y para mostrarte mi gratitud, voy a llamar a todos los medios y les voy a entregar todos los informes confidenciales que has enviado al Presidente, la lista de todas tus conversaciones telefónicas con él y los registros del servicio secreto en los que figuran tus reuniones con el Presidente en su despacho de la Casa Blanca.

Tras un silencio helador, Whitaker cede:

-……Me parece que os he cabreado de verdad, ¿no?

-No faltes al respeto a Leo McGarry ni a Bruno Gianelli. Es todo.

 ————-

Es ficción televisiva, pero es tan real como la vida misma, se lo aseguro. De hecho, por aquí circulan unos cuantos Whitaker (o Witkenstein, o Riachuelo, o como se llamen), muchos avezados cronistas dispuestos a morder el anzuelo y muy pocas C.J. Cregg que pongan las cosas en su sitio.

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Estoy orgulloso de ti

Carta abierta a Alfredo Pérez Rubalcaba

Es curioso lo que pasa contigo, Alfredo. Y es todo un síntoma de lo que nos está pasando.

Todas las personas sensatas que conozco, dentro y fuera del Partido Socialista, admiten que, de todos los políticos socialistas en activo, eres el mejor con diferencia.  El más capacitado, el más inteligente, el que mejor conoce el oficio, el mejor en la tribuna, el mejor en los acuerdos, el mejor en los contenidos, el que tiene más clara España en su cabeza … y también el más experto, qué diablos, que para algo valdrá eso  cuando se trata de gestionar la complejidad.

Pero todas esas personas sensatas, y muchas más que no lo son, afirman con la misma unanimidad que te tienes que ir y dejar tu lugar a alguien que, si se acepta la primera premisa, será necesariamente menos bueno que tú para este trabajo.

Desde un punto de vista racional, la contradicción es evidente. Pero lo peor, lo más preocupante, es que ambas cosas son ciertas. Es cierto que eres el mejor; y ha terminado siendo cierto que te tienes que ir.

Es un síntoma más de la deriva neurótica que se ha apoderado desde hace años de la política española; una deriva con empezó con la A del encanallamiento del debate político y el sectarismo convertido en principio doctrinal, y dio paso a la Z de la apoteosis de la banalidad, el gesto vacuo e impostado y las decisiones trascendentales tomadas con criterios superficiales.

En la política y en la vida social, los estereotipos son como vendas  en los ojos que nos ponemos para vivir más cómodos; para que la realidad sea no tal como la veríamos si mantuviéramos los ojos abiertos, sino tal como nos la cuentan los que se adjudican el papel de intérpretes y prescriptores, evitando que caigamos en lo que los viejos clericales (vaya redundancia) llamaban “la funesta manía de pensar”.

Es cierto que algunos estereotipos son inevitables; incluso muchos de ellos tienen fundamento. Pero cuando todo lo que nos rodea es un gigantesco estereotipo o una colección de burdos estereotipos simplificadores convertidos en axiomas, ha llegado para el pensamiento libre el momento de rendirse .

Eso es exactamente lo que te pasa y lo que nos pasa, Alfredo. Que ha llegado el momento de rendirse. Porque además, seamos sinceros, algo hemos contribuido también nosotros a que las cosas hayan llegado a este punto. Como mínimo, hemos sido colaboracionistas con la dictadura del estereotipo maniqueo y de las frases simples que no transmiten ideas complejas, sino que las destruyen.

En la política española, a los 40 años se te considera aún una “joven promesa”.

Hoy mismo tenemos a dos candidatos a la Secretaría General del PSOE que están en torno a esa edad y de los que hablamos con displicencia, como si se tratara de dos juveniles recién llegados al primer equipo (olvidando, por cierto, la edad en la que gente como Suárez, González, Aznar o Zapatero llegaron a ser Presidentes del Gobierno).

Pues resulta que a uno de estos dos “chavalitos” le va a tocar conseguir no ya que este equipo gane la Champions sino salvar la permanencia en primera división, así que, por propio interés, más nos vale empezar a tomarlos en serio.

Pero es que aquí, a partir de los 60 eres ya una carcamal que debes empezar a pensar seriamente en la retirada.

Hillary Clinton se presentará probablemente a las elecciones presidenciales con 69 años. Reagan ganó sus primeras elecciones a los 70 y repitió a los 74; Winston Churchill, con 66 años, se puso al frente de su país en plena guerra mundial y lo condujo a la victoria. En Uruguay, Tabaré Vásquez, con 74 años, se dispone a luchar por la sucesión de José Mújica, que tiene 79 y ha de dejar la Presidencia -con gran dolor de la mayoría de sus ciudadanos- no por la edad, sino por imperativo constitucional. Y Roosevelt (para mí, el político más importante del siglo XX) primero sacó a su país de la Gran Crisis del 29 y luego salvó a Europa del nazismo: todo ello, gobernando desde una silla de ruedas.

La lógica dice que si te dedicas a esto, a los 40 años no eres un novato, sino que tienes que ser ya un político profesional hecho y derecho, perfectamente preparado para cualquier responsabilidad; y que a los 60 estás muy lejos de ser un tipo acabado que tiene que irse con el peregrino argumento de que “lleva mucho tiempo”. Pero aquí, la vida útil de un político no es mucho más larga que la de un futbolista. Y te aseguro que eso no hay quien lo entienda fuera de este corral  desquiciado.

En España, la política es la única actividad profesional en la que la experiencia se considera un demérito y la inexperiencia un mérito. Y los partidos políticos son las únicas organizaciones de cualquier tipo que se hacen daño a sí mismos a sabiendas: no es que se equivoquen como cualquiera, sino que hacen cosas que les perjudican sabiendo de antemano que les van a perjudicar.

Todo esto es pura neurosis: “dos y dos son cuatro, pero yo no lo soporto”.  A mi juicio, esta es la síntesis del estado de la política y de la opinión pública española a día de hoy.

Pero perdona por este largo excurso-desahogo y volvamos a ti.

Por abreviar, pasemos por alto tu trayectoria política anterior, incluido el “pequeño detalle” de haber sido el principal artífice -no el único, pero sí el principal- del final del terrorismo de ETA (lo que ya justifica una vida política entera).

En estos últimos 3 años y medio has sido víctima de dos de esos estereotipos confundidores de los que hablaba antes:

El primero es el de tu supuesta “ambición de poder”, que te habría llevado a presentarte primero a las elecciones generales  y después al Congreso del PSOE.

Me consta que aceptaste la candidatura del PSOE en las elecciones de 2011 sabiendo perfectamente lo que te esperaba. Tenías información más que suficiente para saber cuál sería el resultado de esas elecciones; y sabías también que nada de lo que tú hicieras, o de lo que nadie hiciera, podría cambiar ese desenlace, porque esas elecciones estaban resueltas desde muchos meses antes: como mínimo, desde el 10 de mayo de 2010.

En esas condiciones y con esa consciencia, asumiste lo que a todas luces era un sacrificio anunciado. Por cierto, quien te embarcó en esa aventura imposible y tenía más obligación moral que nadie de ayudarte en tal circunstancia, te sembró el camino de obstáculos; y este es el día en que aún no ha salido de tu boca una palabra de reproche.

Pasó lo que tenía que pasar, lo que tú sabías que pasaría; y te viste ante otra decisión complicada.

Esto también me consta, puedo testificarlo: tras la catástrofe electoral, decidiste presentarte a la Secretaría General del PSOE, violentando todo lo que te decían tu razón política y tu inclinación emocional, con el único propósito de frenar esa pulsión suicida que se apodera de nuestro partido cuando se ve en situaciones desesperadas.

Digámoslo claramente: te presentaste para evitar disparates. Y es exactamente lo que has hecho en estos dos años y medio: evitar disparates.

Pero no sólo has hecho eso, has hecho unas cuantas cosas más. Y vamos al segundo estereotipo confundidor: Rubalcaba como freno de la renovación del PSOE.

Lo único que puede estabilizar y fortalecer el liderazgo en un partido como el PSOE es partir de una auténtica renovación de las ideas. Ese fue el verdadero secreto del éxito de Felipe González: un fuerte liderazgo personal asentado en un proyecto para España perfectamente reconocible, que coincidía con lo que el país necesitaba y lo que la mayoría deseaba.

Pues bien: yo afirmo que desde 1982 ningún dirigente ha hecho tanto por la renovación del proyecto político del PSOE como has hecho tú, Alfredo, en estos difíciles 27 meses. Quitémonos la venda de los ojos y recordemos:

a) Tú fuiste el primer dirigente socialdemócrata europeo que, tras la debacle financiera del verano de 2011, pusiste en cuestión la política de austeridad a ultranza de la señora Merkel y señalaste un camino alternativo para la salida de la crisis: el camino de las primeras resoluciones del G-20 y del Presidente Obama, el camino de los estímulos al crecimiento.

Pusiste sobre la mesa una política económica alternativa frente a la crisis. Y tres años más tarde, viendo algunas de las decisiones que acaba de tomar -como siempre, a rastras y con retraso- el Banco Central Europeo, me he acordado mucho de tus discursos en la campaña electoral de 2011 y en los meses posteriores frente a los recortes del Gobierno de Rajoy.

b) Has planteado la necesidad de reconstruir el Estado Social sobre nuevas bases, que ya no pueden ser las mismas que alumbraron los Palme, Brandt y compañía, pero que tienen que conducir al mismo resultado en términos de justicia e igualdad de oportunidades. El socialismo europeo no puede vivir sólo de la nostalgia del Estado del Bienestar del siglo pasado: hay que poner en pie un nuevo modelo de Estado Social sostenible para la primera mitad del siglo XXI. Tú has impulsado ese debate en el PSOE durante muchos meses.

c) Has sido el primer dirigente del PSOE desde 1978 que ha puesto sobre la mesa el espinoso asunto de la reforma de la Constitución y el cambio democrático. Nadie antes que tú se había atrevido a hacerlo, pero sabemos hace tiempo que es imprescindible.

d) Igual que nadie antes se había atrevido a pronunciar en voz alta la palabra “federalismo” como destino natural del Estado de las Autonomías. Curioso: en un partido como el PSOE, que en sus estatutos se aplica a sí mismo la palabra “federal” en cerca de 200 ocasiones, ese mismo concepto aplicado a España ha sido innombrable hasta que un tal Rubalcaba decidió empezar a llamar a las cosas por su nombre.

Y por ese mismo camino, has hecho dos cosas más:

  • Articular en la “declaración de Granada” el único proyecto de convivencia territorial que puede mantener unido a este país y poner de acuerdo en él a todos los socialistas de España, incluidos los catalanes.
  • Y salvar, mediante equilibrios inverosímiles y un montón de talento,  lo que en algún momento parecía insalvable: la asociación entre el PSOE y el PSC, que es condición sine qua non para que el Partido Socialista pueda aspirar a ser mayoritario en España. Parecía imposible y lo lograste. El hecho de que en estos días el PSC se esté yendo por el sumidero escapa por completo a tu responsabilidad: tú has hecho todo lo que podías hacer para evitarlo.

En resumen: gracias a ti, hoy el PSOE dispone de algo que se parece mucho a un proyecto progresista para la España de los próximos años. Un proyecto que, además de ser viable, es unificador. Hay unos cuantos candidatos para dirigir el PSOE y podría haber habido más, pero no he escuchado que ninguno de ellos ponga en cuestión la nueva línea política e ideológica que salió de la Conferencia de 2013. Se diferenciarán entre sí por otras cosas, pero no por los contenidos.

¿Es eso la renovación? Probablemente, no; hacen falta muchas más cosas. Pero sin eso no hay renovación que merezca tal nombre, por muchas posturas que se pongan y muchos gestos para la galería que se  prodiguen. En esto pasa como en tantas otras cosas: unos (y unas) reclaman y proclaman la renovación mientras otros la hacen. Tú has sido de los segundos.

Como responsable político, has prestado en estos años algunos servicios a España que probablemente nunca se (re)conocerán.

Como Secretario General del PSOE, has sido a la vez estabilizador y renovador. No has vencido a la metástasis que nos consume porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible; pero en este trabajo, como en todos los que has tenido durante tu vida política, has cumplido con tu deber. Se llama conciencia profesional; por desgracia, un bien cada vez más escaso en nuestra degradada y frivolizada vida pública.

Con esa conciencia profesional y unos cuantos miles de horas de trabajo has taponado la hemorragia. Ahora vamos a quitar el tapón: crucemos los dedos y veamos qué sucede con la hemorragia.

Por todo esto, ahora que terminas esta fase de tu trayectoria política, creo que es un buen momento para decirte que,  como ciudadano de España, estoy orgulloso de ti.

Un abrazo.

 

 

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